Esta mañana me he despertado con la imagen de la matrioshka que tengo desde hace muchos años entre mis libros. Hoy, una vez más, la siento como un ancla viva del movimiento que estoy percibiendo internamente.
Esa imagen simboliza para mí la unificación de lo que fui, lo que soy y lo que estoy destinada a ser. Y ese destino no es otra cosa que mi esencia: esa parte de mí que todo lo abraza y lo contiene.
Siento que he entrado en un espacio de neutralidad que me resuena con una especie de vacío fértil en el que todas las posibilidades existen. Un lugar interno donde no hay urgencia ni conflicto, pero sí una fuerza sutil que me invita a quedarme. Me doy cuenta de la equidad de los propósitos de las personas con las que me relaciono y siento ese espacio interno donde no hay energía proyectada hacia fuera. Y comprendo que, más allá de la energía que me atraviesa, este momento es lo único que tiene sentido y propósito. Lejos de intentar comprenderlo, simplemente lo vivo y me uno a ello.
Es una sensación donde las distintas líneas del tiempo se interiorizan. Soy la que fui y la que soy, todo al mismo tiempo, en un presente vivo y transformador. Ya no siento la necesidad de volver al pasado, pero sí de mirarlo con respeto, darle su espacio y su valor. Desde una mirada más profunda, me voy desatando de esa versión que creí que era y que tal vez pudiera parecer mejor que la actual. Ese juicio interno, que durante tanto tiempo me acompañó, empieza a desvanecerse… y al hacerlo, me libera. Me catapulta hacia otro espacio, me uno al pulso de la vida, en el que todo está orquestado para la apertura hacia la expansión y la creación en constante movimiento.
Es una recolocación de la energía y la posición dentro de mí, como una matrioshka en la que cada figura acoge a la anterior con ternura, con su espacio, su detalle, su valor, su importancia. Como lo hago yo con cada capa en mi interior, que a su vez me permite y me capacita para que en cada transición emerja una más grande, que todo lo abraza y lo contiene.
Este camino de aceptación, integración y confianza en el propio proceso me lleva hacia una mirada de comprensión más profunda.
Me libera suavemente de esa versión de mí que creí que debía ser, o que imaginé como una mejor posibilidad.

Ese juicio interno empieza a desvanecerse y a transformarse en algo diferente. Y al hacerlo, me libera.
Con cada respiración, siento que tengo más espacio, y me conecta con el pulso de la vida. Con ese ritmo sutil y poderoso que todo lo orquesta hacia la expansión, la creación y la apertura. Siento cómo la energía se mueve y se expande dentro, abriendo paso a mis propios y genuinos nuevos movimientos que permito que emerjan.
Sigo sintiendo cómo algo se recoloca dentro de mí. Como si las figuras internas de mi matrioshka se fueran alineando con ternura, capa a capa. Cada versión de mí misma acoge a la anterior, le da su lugar, la sostiene sin juicio. Y esa acogida profunda es lo que permite que emerja un ser más amplio. Uno que todo lo abraza. Uno que contiene todas las voces y las transforma en unidad. Una presencia amorosa se abre con firmeza, amplitud y consistencia.
Y comprendí algo esencial: no se trataba de vaciarme para ser mejor, sino de expandirme para incluirme y así acoger cada parte de mí como un tesoro.
Cada vez que abrazo a una de esas versiones
—la que no sabía, la que se rompió, la que buscaba, la que huyó—
abro más espacio en mi interior. No más perfecta, sino más capaz de amar, y de amarse a ella misma.
Hoy ya no me interesa dejarme atrás. Me interesa sostenerme toda.
Como una matrioshka que crece hacia afuera, abriendo espacio para cada parte de sí misma que se une, por fin.
Más ancha.
Más sabia.
Más completa.
Vilassar, 24 de Septiembre de 2025
