“No huir no siempre significa quedarse físicamente, y soltar no siempre implica cerrar el corazón”.
Hace días me visita esta frase, como un susurro que no se va.
Me recorre el cuerpo y me despierta una certeza: no quiero cerrar el corazón.
No quiero darle la espalda a lo que aún resuena, aunque ya no reconozca su forma. Algo en mí sabe que puedo seguir estando, pero desde un lugar nuevo.
Siento que estoy en un momento de apertura total, de transformación profunda. Como si una capa más de rigidez se estuviera deshaciendo, dejándome frente a un espacio amplio y desconocido. Estoy ahí, en medio de la transición, despidiéndome de una versión de mí que se ha vuelto pequeña. Y aunque no sepa bien cómo hacerlo, me llama el coraje, me llama la paciencia… ese tipo de paciencia que nace de confiar en que todo encuentra su lugar, incluso lo que todavía no comprendo.
Elijo estar desde la honestidad de no saber más, pero también desde la fuerza que emerge cuando dejo de forzar respuestas. Y desde ahí, empieza a hacerse presente una sensación distinta: una apertura, una inclusión, una suavidad. Como si, al amarme más plenamente, pudiera ahora acoger formas nuevas de amar, formas antes desconocidas para mí. Sin necesidad de controlar el cómo ni el porqué. Sin aferrarme a una idea fija de lo que una relación “debería ser”.
Y me pregunto:
¿puedo soltar la forma sin cerrar el corazón?
Siento que sí.
Siento que hay una forma de estar presente desde este lugar nuevo.
Una manera más amplia y amorosa de quedarme, no por obligación, sino por verdad. Una forma de dejar ir que no se parece en nada a lo que había entendido antes. Porque no es un dejar ir que da la espalda, ni que desconecta…
Es un dejar ir que mira, que cuida, que respeta.
Es un dejar ir en el que me veo a mí y veo al otro.
Es un dejar ir que no huye de la transformación.
Este tiempo me está enseñando que soltar no significa siempre alejarse físicamente ni cortar el vínculo.
A veces,
es simplemente liberar las imágenes que tenía sobre lo que “debería haber sido”.
Es dejar de intentar encajarme en una forma que ya no sostiene lo que somos.
Es soltar a la versión de mí que vivía desde la carencia, la necesidad o el miedo.
Y es también liberar al otro de mis proyecciones, de mis expectativas, de esa necesidad de que me elija para yo no tener que tocar mi propio vacío.
Soltar no es dejar de amar.
Es dejar de controlar al amor.
Es permitirle nuevas formas, más ligeras, más verdaderas.
No se suelta al alma, se suelta la forma.
No se suelta el amor, se sueltan las estructuras mentales que lo aprisionaban.
Y así, me doy cuenta de que comprometerme con la presencia es, tal vez, el compromiso más íntimo que puedo hacer conmigo y con el otro: no irme internamente, aunque no sepa exactamente cómo quedarme. Estar no es controlar, no es forzar. Estar es honrar lo que fue, lo que es, y lo que aún no entiendo, sin necesidad de que encaje en mi ideal.
Este es el acto de amor que hoy me habita.
Estar presente sin aferrarme. Amar sin invadir. Soltar sin dejar de cuidar.
Aprender a amar diferente.
Amar como nunca antes lo había hecho:
desde un lugar más libre, más amplio, más mío.
¿Qué pasaría si soltar fuera, en realidad, una nueva forma de quedarte?
Vilassar de mar, 28 de septiembre de 2025
