Hoy sentí algo distinto.
Un leve desplazamiento interno.
Como si algo que llevaba mucho tiempo rígido, finalmente se hubiera aflojado.
Y me pregunté:
¿Y si me permito moverme de lo que ya conozco?
No porque lo conocido sea malo, sino porque quedarse quieta también es una forma de resistencia.
Hoy me di el permiso.
Y desde ahí, algo empezó a ordenarse.
Lo que veo cuando me abro a lo que hay
Observar mi entorno con nuevos ojos me ha traído una sensación inesperada: paz.
No una paz idealizada, sino una más honesta.
Una paz que viene de reconocer lo que es, y no tener que esconderme ni forzar nada.
Me pregunté:
¿Qué me permito integrar?
¿Y cómo lo ordeno para que no se quede solo como una idea, sino que se convierta en experiencia viva?
La respuesta no fue mental.
Fue un gesto. Una conversación.
Un momento de verdad compartida en el entorno profesional, con una figura de liderazgo.
Uno de esos momentos en los que sientes que algo profundo se alinea sin que lo planees.
Cuando la verdad se muestra: lo que pasó en ese encuentro
Hoy hubo un encuentro real.
Un momento de presencia, coraje y humanidad.
Y quiero nombrar lo que se movió, porque al hacerlo, le doy valor y lo integro.
1. Valentía de sentir
Sentir lo que está pasando.
Sin esquivarlo. Sin disfrazarlo.
Dejar de hacer como si no pasara nada.
Y mostrarme.
Sí, mostrarme incluso cuando estoy vulnerable, cuando lloro.
Hoy lo hice.
Y fui vista. Y fue sostenido con respeto. Sin juicio.
Esa sola experiencia me recordó que no estamos solos cuando nos atrevemos a estar presentes.
2. Visibilidad auténtica
Me permití hacerme visible ante una energía masculina.
No desde la lucha, ni desde la defensa.
Sino desde la autenticidad:
Esto soy. Con todo.
Y fue liberador.
Porque ya no tengo que ocultarme para ser escuchada,
ni tengo que disfrazarme para ser tenida en cuenta.
Podemos ver distinto,
pero eso no tiene por qué alejarnos del compartir sincero.
3. La exigencia como cuidado
Cuando alguien dice que soy exigente, algo en mí se incomoda.
Y al mirarlo más de cerca, entiendo por qué:
Esa palabra me conecta con la historia de mi madre,
con su exigencia…
y con el sufrimiento que eso dejó como eco en mí.
Pero esa historia ya no es mía.
Hoy puedo resignificarla.
Sí, soy exigente.
Pero desde el cuidado, desde la claridad de saber lo que quiero.
Desde la responsabilidad de lo que comparto con el otro.
Desde no rendirme al primer desencuentro.
Desde quedarme para ver la realidad del otro, incluso cuando no cumple mis expectativas.
Y eso me recuerda algo muy profundo:
cómo me castigaba a mí misma cuando no respondía a lo que los introyectos heredados esperaban de mí.
Y cómo hoy puedo elegir otra forma.
4. No atropellarnos
Compartir mis límites.
Decir cómo me siento cuando algo me desordena.
Proponer otras formas.
No para imponer, sino para encontrar juntas un lugar más ordenado.
Porque la inversión de energía importa.
Y la atención a lo esencial también.
5. Una nueva forma de responsabilidad
No puedo controlar la percepción del otro.
Ni hacerme cargo de lo que le despierta.
Pero sí puedo recordar que el otro existe.
Y que quizá necesita algo que aún no ha dicho.
Puedo estar ahí, sin mendigar, sin esconderme.
Sabiendo que la pregunta no es qué espero de él,
sino qué necesito hacer yo.
Me pregunto…
- ¿Estoy desapareciendo para adaptarme?
- ¿O estoy actuando desde lo que siento, sin expectativa?
- ¿Es esto verdad para mí, o me estoy contando un cuento?
Hoy, lo único que necesito es claridad.
Porque cuando hay claridad, el corazón descansa.
Y puedo sentir sin miedo, moverme sin urgencia.
Simplemente estar.
Porque ahí, justo ahí, empieza la magia de proyectar una vida más auténtica.
Vilassar de Mar, 24 de Octubre de 2025
