Durante años creí que llevaba el timón… hasta que entendí cuántas manos invisibles lo sostenían por mí.
Dejarse llevar por los otros modos de ver
¿Qué necesitas dejar morir? ¿De qué drama quieres liberarte? ¿Qué secretos o recursos esconde tu inconsciente en relación con una situación concreta?
Hoy me levanto con estas preguntas que brotan una detrás de otra y aunque me sorprenden, las escribo en mi diario de este claro domingo
Siento la necesidad de una pausa.
Una parte de mí clama por parar, por dejar que lo que se está moviendo en mi interior se acomode, tome forma… y desde ahí, poder sentir con más claridad hacia dónde tirar.
Me acuerdo de Rosa, @terapiesharmonia, y de cuánto nos gusta ese momento de silencio y fuerza compartida en el que hacemos el mantra con el mudra del timón.
“Si no tomamos nosotras el timón de nuestra vida, ¿Quién lo va a tomar por nosotras?”
Es una frase que siempre nos recuerda durante la clase de Yoga Kundalini que compartimos los lunes.
Daba por hecho que dirigía mi vida con libertad. Pero no era así. Empecé a ver que hay modos observadores, esas formas de ser observada —por otros o por mí misma— que condicionan profundamente. Algunos vienen de fuera; otros, más traicioneros, están tan interiorizados que ni siquiera los cuestionas.
Están hechos de expectativas, proyecciones, lealtades invisibles.
Formas de pensar o actuar que asumí como propias, pero que en realidad estaban tejidas desde la mirada de los demás: desde mi historia, mi entorno, todo aquello que no me permitía ni siquiera imaginar que podía cuestionar lo establecido. Durante mucho tiempo ni supe que tenía derecho a hacerlo, y mucho menos que podía elegir si quería sostenerlo o no.
Y a veces, por no incomodar, por no romper la imagen que otros tienen de ti, acabas haciendo lo que no sientes.
Lo más doloroso no es solo hacerlo, sino llegar a pensar que esa decisión, tomada desde la desconexión, era la correcta. No siempre lo mas fácil es lo más correcto ni obviar lo sencillo nos da una dirección.
Muchas veces he vivido esa sensación: tomar decisiones que, aunque me llevaban a un lugar conocido, en realidad no nacían de mí.
En el momento parecía una elección segura, incluso lógica. Pero después me daba cuenta de que esa supuesta tranquilidad era pasajera, porque era la razón la que hablaba… y no mi alma. Hoy aprovecho para abrazar esa vulnerabilidad que sientes cuando no puedes mas y necesitas descansar, en lo conocido, en los hábitos que te dan una estructura externa para continuar. Y esta bien reconocerlo.
Era como ceder ante las expectativas de los demás porque parecía más cómodo dejarse llevar que plantarse y discernir mi verdad, aunque eso implicara tomar decisiones incómodas o contrarias al molde establecido.
Muchas veces, vencida por el agotamiento, elegí lo que conocía: la rutina, el hábito, el papel que otros esperaban de mí, sin saber que cada vez que accedía a eso más me ignoraba, más me mancillaba, y menos energía tenía. Una fuga energética constante, cuando vas atropellándote sin tener la capacidad de discernir aquello que te suma o te resta.
Todo ese tiempo en desconexión, te vas vaciando.
Tu energía vital se apaga.
Tu fuego se diluye.
Con frecuencia seguí las creencias de otros sin cuestionarlas, dándoles más valor que a mi propia intuición.
Me doy cuenta ahora de cuán perdida me sentía, buscando en el exterior las referencias de lo correcto e incorrecto, en lugar de sentirme a mí misma.
Se necesita valentía para quedarse en silencio y dejar que el vacío te inunde.
Ese vacío inicial, cuando empiezas a escucharte de verdad, puede parecer una pérdida de rumbo.
Pero si te quedas ahí, si lo atraviesas con paciencia, se revela como el umbral de una nueva dirección: la tuya.
El cuerpo lo sabe.
Se percibe la diferencia entre dejarte arrastrar por lo externo y sostener el timón desde dentro.
Ha sido un camino de entrenamiento, de disciplina, de autoobservación.
Y gracias a eso, he aprendido que hay una forma más ligera de vivir: más auténtica y más enraizada en lo que soy.
Detectar lo invisible: los modos observadores inconscientes
Hoy quiero hablar de un modo de observar aún más sutil: el que no se nombra, no se dice, pero se siente.
Lo he llamado el modo observador inconsciente.
No es una voz que te habla en voz alta, pero actúa. A veces, como un eco. Otras, como una niebla que se cuela en tu claridad.
Es esa proyección que alguien sostiene sobre ti —quizás sin mala intención, incluso sin ser consciente— y que, si no estás presente, puedes llegar a incorporar como propia.
¿Puede alguien sin verbalizar, pero que te piensa desde un juicio o una creencia que no es tuya, afectarte?
La respuesta, al menos en mi experiencia, es sí.
Estas proyecciones no dichas pueden actuar como cuerdas invisibles.
Te frenan. Te hacen dudar. Te apagan.
Y el cuerpo las detecta antes que tú.
Cuando estás siendo atravesada por una energía que no es tuya, el cuerpo reacciona.
Puede aparecer un peso en el pecho, un nudo en la garganta, confusión en la mente.
A veces simplemente te sientes desconectada, vacía, como si estuvieras viviendo en automático.
Esas son señales.
Pequeñas llamadas de alerta que el cuerpo lanza para avisarte: esto no eres tú.
Tal vez escuchando un audio en YouTube sientes una sensación que no sabes de donde viene, un mareo, un malestar en el estómago, respiras, y te das un espacio para preguntarte si esa sensación es tuya o no pudiéndola dejar ir.
Aprender a escucharlas es volver a casa.
Es discernir. Es sostener tu campo.
Es empezar a cortar esas cuerdas invisibles que nunca decidiste atarte.
Volver al timón: cómo retomar el mando de mi vida
Incluir esta posibilidad en mi conciencia me ha cambiado profundamente.
Me ha hecho más humilde, más atenta, más libre.
Hoy, tomar el timón de mi vida es:

Hacer pausas cuando algo se mueve dentro de mí y necesito claridad antes de decidir.
Nombrar las miradas que me habitan, y distinguir cuáles son realmente mías.
Recordar que no todo lo que pienso me pertenece.
Volver al cuerpo y al sentir, cuando la mente se confunde con voces ajenas.
Elegir desde lo que hoy soy, no desde lo que otros esperan que siga siendo.
Y sobre todo, tomar el timón significa reconocer que puedo navegar distinto.
Que mi historia no me limita.
Que lo que otros piensan de mí no tiene por qué escribir el final de mi camino.
Que puedo liberar lo que no es mío para volver a sostener, con firmeza y amor, lo que sí lo es: mi verdad.
Es como danzar por la vida, encontrándote con cada experiencia sin aferrarte a ella, con la capacidad de discernir lo que es tuyo de lo que no, y con la oportunidad de observar —con presencia amorosa— todo lo que se mueve en tu interior.
Vilassar de Mar, 17 de diciembre de 2025
