Confiar en el movimiento que ya está ocurriendo en mí.
Confiar… permanecer ahí, en quietud y escucha, para que poco a poco se abra el espacio. En esa confianza plena, las herramientas internas —ya transformadas— toman el relevo de forma consciente, coherente, soberana. Con una intención clara y una presencia amorosa. Eso es lo esencial para mí.
También me permito el no-movimiento, si no emerge de forma genuina. Y si me muevo, elijo discernir desde dónde lo hago, sin juicio, en una presencia amorosa conmigo misma. No hay frustración, sino integración… como parte natural del camino de recordar quién soy en esencia.
¿Sientes la diferencia entre decir “yo confío en ti” y “confía en ti”?
Ayer, cenando con Marta, me hizo esta pregunta. Y me detuve ahí.
Algo tan simple… y al mismo tiempo, cuánta profundidad hay en el mensaje oculto detrás de esas dos frases.
Es como un puente entre dos versiones de mí.
En la primera, aún quedan restos del personaje que me acompañó tanto tiempo. Esa voz que dice “yo confío en ti”, buscando ser reconocida para poder tomar impulso. Una parte que empieza a recordar que no necesita demostrar nada para ser vista, para ocupar su espacio.
Y en ese reconocimiento, se abre la puerta a una nueva posibilidad.
A la segunda frase: “confía en ti”.
Si el otro es un reflejo de mí, entonces soy yo diciéndome a mí misma: confía.
Confía, aunque no sepas el camino.
Aunque no tengas el detalle de cómo será.
Aunque la frustración venga a visitarte.
Aunque el discurso de quien fuiste vuelva a aparecer una y otra vez, sabiendo que no puedes ya volver atrás, porque ya eres otra.
Y desde ahí, desde esa versión más consciente y presente de ti, vivir la realidad.
Desde quien elige la coherencia, desde quien no se engaña, desde quien se responsabiliza.
Desde quien camina con miedo, pero no finge.
Desde quien sabe que, ante la duda, la respuesta es siempre volver a sí misma.
Volver al centro. A la serenidad.
Y el mundo exterior se ordena.
Desde ahí, desde ti, construir la experiencia más auténtica.
Ahí es donde todo es posible.
Primera señal: la energía del control
Continuando con la conversación que mantenía, decidí poner atención a los mensajes que me fueron trayendo los masculinos que más presencia han tenido en los últimos días. Al escucharlos desde otro lugar, comprendí que no estaban ahí por casualidad. Cada uno, a su manera, venía a mostrarme una pista.
La primera señal apuntaba a un fleco aún presente:
la energía antigua de frustración, asfixia, mente y control que durante tanto tiempo tomó el timón de mi vida.
Hoy, como observadora, puedo ver con claridad que ese ya no es el camino.
Y, sin embargo, también reconozco que sigue viva en mí, porque forma parte de mi historia.
No la rechazo. No lucho contra ella.
Le digo: gracias.
Gracias por mantenerme en pie cuando no sabía cómo sostenerme.
Gracias por impulsarme a continuar, incluso desde la tensión o la urgencia.
Gracias… porque gracias a ti también he llegado hasta aquí.
Y ahora, ese tiempo ya pasó.
Hoy hay una nueva oportunidad: la de elegir distinto.
La de caminar desde otro lugar.
Desde la presencia.
Desde la verdad.
Desde mí.
Confía en ti.
Segunda señal: la compasión confundida con lástima
Otra señal que ha emergido con fuerza en estos días fue poder decirle a un masculino de mi entorno más cercano:
“No me das pena” y “no quiero que nadie sienta lástima por mí.”
Porque soy soberana.
Yo elijo cómo quiero vivir mi vida.
Y asumo con consciencia la responsabilidad de mis acciones —de aquello que me impulsa y también de lo que me desafía—, sabiendo que todo, absolutamente todo, es una oportunidad para crecer, liberarme y acercarme a la mejor versión de mí misma.
Elijo vivir desde el empoderamiento.
Desde la autoresponsabilidad del adulto que sostiene con amor al niño interior.
Desde un lugar donde ya no hay espacio para el papel de víctima.
Otro fleco al que miré de frente, y al que también le dije: te veo, gracias.
Ahora escojo poner presencia donde antes me daba miedo mirar.
Tercera señal: mi verdad como único punto de vista
La tercera señal vino del desierto que dejó una versión de mi masculino que, durante tanto tiempo, creyó ser dueño de la verdad.
Como si esa verdad fuera la única posible. La única cierta.
Hoy reconozco que cada verdad tiene su lugar.
Y que solo con presencia amorosa puedo mirar esa parte, apreciarla como observadora, sin juicio, con respeto.
El mismo respeto con el que me atiendo a mí misma.
El mismo con el que me doy espacio para nombrar mi verdad, para expresarla, para reconocer que también ella forma parte de una totalidad más grande que todo lo abarca.
No se trata de imponer.
Se trata de integrar.
De comprender que cada voz, cada experiencia, cada perspectiva tiene un propósito, una función, un lugar en aquello que todo lo abarca.
Cuarta señal: la estructura que se desmorona
La cuarta señal fue clara: la estructura antigua cae.
Esa que se resiste, que se aferra a lo conocido, que lucha contra la transformación… y, sin embargo, cae.
La enfermedad la deja fuera de juego.
Y en su derrumbe se revela lo inevitable:
nada puede sostenerse si no está alineado con la verdad.
Quinta señal: el miedo a saltar
La quinta señal me mostró la energía de un masculino que aún se mueve desde esa estructura antigua.
Aunque siente el llamado de la transformación, no sabe cómo dar el paso. La duda.
Lo nuevo parece más liviano, más verdadero…
pero el peso de lo conocido aún lo atrapa.
Es una estructura que, aunque obsoleta, ha sostenido durante mucho tiempo.
Los lazos con ella son tan fuertes, tan familiares, que inmovilizan.
Y aparece el miedo:
miedo a dar el salto al vacío,
miedo a soltar lo que ya no nutre,
Aparece en escena el fleco del súper empático:
esa parte que se ha creído que, atendiendo a todos a expensas de sí mismo, algún día será recompensado.
¿Será una herencia inconsciente de una educación marcada por la idea de la culpa inculcada desde los lazos de la religión?
Y ahí me reconozco.
Es una parte de mí.
Mi propio masculino que duda de su capacidad de actuar,
aunque sabe, en el fondo, que no hay marcha atrás.
Que el único camino es avanzar.
Entonces me acerco con ternura,
y le susurro al oído, con amor y sin prisa:
“Confía en ti. A tu tiempo y a tu modo.”
Si desde mi verdad, las energías que me encuentro son reflejo de mí,
me permito ver todas estas experiencias como confirmaciones del camino que estoy transitando.
El camino de mi transformación.
Y al ser consciente de ello,
me doy permiso para integrarlas, habitarlas y seguir adelante.
Desde la presencia.
Desde la confianza.
Desde mí.
Vilassar de Mar, 25 de Diciembre de 2025
