Vi una frase de Steve Jobs que decía:
«Confía en que los puntos se unirán en algún momento. Tienes que confiar en algo: tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea.»
Y al releerla, algo dentro de mí sabe que así es.
Aunque en mi caso, no hablaría de «puntos».
En mi diálogo interno con “eso” que a veces llamamos de tantas formas —Dios, vida, alma, guía, sabiduría…—, yo le llamo instinto.
Un instinto que no deja de ser mi yo más profundo, más evolucionado, más mayor.
Y si tuviera que darle forma, no serían puntos, sino lucecitas.
Pequeñas luces que se encienden a lo largo del camino, a veces con claridad, a veces con destellos tan sutiles que solo el corazón entrenado puede percibirlas.
Ya no recuerdo cuándo empecé a ponerles un nombre, un sentido, a esas señales.
A esas sensaciones que me hacían moverme, cambiar, crecer… y que me han traído hasta aquí.
Da igual cuándo empezara.
- ¿Fue cuando vi mi miedo reflejado en la mirada de mi hija, con solo tres años?
- ¿Fue cuando perdí a mi padre sin haberle dicho cuánto lo admiraba?
- ¿O cuando creí que mi madre era el centro de mi sufrimiento?
Depende del momento en el que me detenga, en silencio, a sentir qué fue realmente lo que me hizo accionar.
Lo que sé hoy, desde este lugar, es que estoy en constante evolución.
Una danza de aprendizajes.
Un movimiento continuo hacia adentro.
A veces le doy más peso a unos hechos que a otros.
¿De qué depende?
No lo sé con certeza.
Pero sí sé que todo lo que sucede a mi alrededor es un reflejo de mí misma.
Y ahora, tras un largo recorrido, me doy el permiso de mirar.
Observar lo que me rodea y contrastarlo con lo que siento.
Y al hacerlo, muchas veces sonrío y me digo con ternura:
“Te pillé.”
Empiezo a entender de qué va el juego.
Empiezo a captar la sutileza de la inspiración, la delicadeza de esa voz interior.
Como el canto de un pájaro que aparece y desaparece sin previo aviso.
A veces lo escuchas, y otras no…
Aunque nunca haya dejado de cantar.
Y entonces lo comprendo:
hay que cazarla al vuelo, como si no hubiera nada más importante que eso.
Estar presente. Escucharte.
Seguir cada latido, cada suspiro que nace en ti y te devuelve al aquí.
A un presente tan vivo que te deja sin pensamiento, sin control, sin necesidad de ir a ningún sitio.
Hoy, aunque solo sea en instantes, me deleito en mí misma y en mis creaciones.
Hoy comprendo —y siento profundamente— esas palabras de Lena:
“Nada que hacer, ningún lugar a dónde ir.”
Y es así.
Una vida entera…
Para recordar de qué va realmente esta vida.
Gracias, Lena.
Barcelona, 4 de noviembre de 2023
