Darte la oportunidad de escoger de nuevo

La danza mística de los derviches, conocida como Sema, nace en el corazón del sufismo y florece con la inspiración del poeta Rumi, quien veía en el giro del universo una metáfora del alma en busca de lo divino.

Este ritual sagrado no es una coreografía, sino una meditación en movimiento. El derviche gira con un pie en la tierra y el otro en el cielo, convertido en un eje viviente entre lo visible y lo invisible. Cada giro es una rendición. Cada vuelta, un vaciarse para permitir que el misterio lo habite.

Pero esta danza no pertenece solo a los monasterios sufíes: vive en nosotros cada vez que nos entregamos al flujo de la vida sin aferrarnos, cada vez que permitimos que la energía nos atraviese, nos transforme y nos revele.

En ese estado, no buscamos controlar, sino recordar: que somos canal, que somos parte de algo mayor que constantemente nos invita a girar hacia dentro.

Desde este lugar, las infinitas posibilidades no se presentan como opciones que debemos elegir con la mente, sino como pulsaciones del alma que emergen cuando soltamos la rigidez del yo. Cuando dejamos de resistir, cuando honramos el silencio fértil que aparece al dejar de llenar los huecos.

En cada giro, el derviche se alinea con un orden más grande. No gira para alejarse del mundo, sino para unirse a él desde otra frecuencia. Es un acto de confianza radical en lo invisible. Una oración encarnada que dice: estoy aquí, disponible, vacío y lleno a la vez.

En este espacio, todo lo humano es abrazado: lo masculino que estructura y lo femenino que sostiene, el yo que canta y el yo que se calla, el cuerpo que gira y el alma que se expande. Lo sagrado no está lejos. Vive en cada paso que damos hacia dentro.

Y es ahí, justo en ese lugar sin exigencia, donde aparece otra forma de estar:

Una sensación de habitar el cuerpo como si te desplomaras suavemente en él.
Como si se aflojara la presión de tener que hacer algo de una determinada manera.
La perfección y la expectativa se retiran y lo que queda es un punto neutro…
un estado suspendido y flotante, pero a la vez profundamente arraigado.

Esa sensación de convertirte en el observador de tu propia conciencia. De darte cuenta de las pruebas que llegan y del momento ¡ajá! en el que, de pronto, la ficha encaja. Una y otra vez tenemos la capacidad de volver a escoger cuando reconocemos que hemos superado un nivel, que lo hemos integrado, que hemos recordado otro pedacito de nosotros; otro fragmento que había quedado atrapado en algún nivel de experiencia que necesitaba ser transitado para seguir el camino de recordar quién somos realmente.

Es en ese punto cuando siento que la presión se disuelve, se desacelera y se afloja esa antigua sensación de tener que llegar a ser algo de una determinada manera. La perfección y la exigencia se hacen a un lado y me quedo en un punto neutro… suspendida y flotando, y a la vez anclada y arraigada a la tierra, conectada al Todo. Es como estar en un stand by que no espera, que no busca, que simplemente está. Solo está. Una sensación de habitar el cuerpo, como si me dejara caer suavemente en él.

“La vida remueve las cosas de una manera amorosa si la dejas”

Javier Wolcoff

Así es. El amor mueve. El amor gira. Y nosotros, si nos atrevemos a rendirnos, podemos convertirnos en ese eje que permite el movimiento de lo eterno a través de lo cotidiano.

Vilassar de mar, 10 de Febrero de 2026

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