Hoy me he levantado con una energía un tanto diferente.
Después de que ayer estuviera disfrutando de las aguas termales con una buena amiga, algo se colocó de manera distinta y se destensionó; mi cuerpo se relajó.
Leo una frase en una de las cartas con las que casi todas las mañanas juego a ver qué mensaje trae para mí, a veces muy revelador, como el de hoy:
«Yo te animo a que seas dueña de tu destino»
«Yo libero todas las memorias de sumisión»
Esta palabra no es la primera vez que la leo, que la escucho, ya que yo misma explícitamente he abordado este tema desde mi experiencia personal, en la que he sentido esta sensación: la de estar sometida.
Cuando pienso en la palabra sumisión, también aparece una imagen más amplia, casi histórica. Durante mucho tiempo, y no tan lejos, la sumisión ha sido algo visible, estructural: mujeres sin derecho a decidir sobre su vida, su cuerpo o su voz, sujetas a leyes, normas y mandatos definidos por otros. Una sumisión clara, reconocible, sostenida por sistemas enteros.
Tal vez por eso hoy tendemos a pensar que la sumisión solo existe cuando hay una imposición evidente, cuando alguien ejerce poder de forma directa. Pero lo que empiezo a ver es que, aunque esas formas hayan cambiado o se hayan suavizado, hay otras más sutiles que siguen operando. Ya no siempre vienen desde fuera de manera explícita, pero muchas veces viven dentro, en cómo hemos aprendido a relacionarnos con nosotras mismas, con los demás y con lo que creemos que se espera de nosotras.
Ya sea en una relación, en un entorno laboral o en una vida que tal vez parcialmente no haya sido escogida por mí. Sí, cuando te das cuenta de que en la aparente “libertad” en la que te crees mover hay modos observadores allá afuera, diciéndote, comentándote, esperando cosas de ti, que te llevan a forzar una dirección que no es la que en tu interior hubieras imaginado para ti.
La sensación de haber entregado tu poder creador al otro.
Puede ser que, al no haberte imaginado nada, o al estar tan desconectada de ti, te dejes llevar por la corriente externa: aquello que ves, que te dicen o que a otro le va bien, dejándote guiar por algo externo que nada tiene que ver con el deseo del alma. Tal vez hay tanto vacío y falta de conocimiento holístico acerca de la dimensión del ser humano que somos, falta de comprensión del orden en nuestro funcionamiento, un orden donde poder buscar y escuchar las preguntas y las respuestas.
En referencia a la palabra sumisión y al hecho de haberme sentido sometida, es una palabra muy dura, al menos para mí, porque me lleva a una tristeza muy honda y me conecta con una pérdida de libertad y de dignidad, tal vez conectada a raíces familiares y hasta a la misma historia de nuestras ancestras.
- ¿Cuántas veces me he sentido viviendo una vida, una experiencia, un día, sintiendo que es lo que debía hacer?
- ¿Cuántas veces he agachado la cabeza, sometiéndome a la decisión de un jefe, resignándome y suponiendo que no tenía otra opción?
- ¿Cuántas veces he acabado haciendo acciones o diciendo algo a alguien porque era lo que supuestamente se esperaba de mí?
Podríamos hacer un sinfín de lista de veces y de matices bajo los que me he sentido acatando una decisión externa a mí, impuesta o no, obviando el respeto hacia mí misma.
Cuántas veces decidimos por los demás sin preguntar, sin tenerlos en cuenta, sin tenernos en cuenta, arrasando con todo y todos los que están en medio.
Hoy siento cómo algo cambia en mi manera de estar. La energía se está recogiendo en mí y actuando de forma diferente. Es una forma más quirúrgica de intervenir: salgo, intervengo y me repliego. No estoy accionando desde una manera global en todo mi cuerpo, sino desde una presencia más consciente, habitándome, observando cuándo intervengo y cuándo me retiro.
Esta sensación no tiene nada que ver con el no hacer desde la falta de permiso. Nada que ver con la sumisión. Es un sentir muy fino, con mucho respeto, dignidad y amor hacia mí misma.
Siento una retirada consciente de mis acciones y de mi energía, viniendo de una tendencia muy clara a actuar.
Hoy me doy cuenta de algo que hasta ahora se me escapaba entre matices: no todo acto de retirada es sumisión. Durante mucho tiempo confundí el hecho de irme, de callar o de no entrar en determinadas dinámicas con una forma de ceder o de no sostenerme. Pero hoy empiezo a ver que existe una diferencia sutil, casi imperceptible y al mismo tiempo profundamente transformadora.
La sumisión no siempre se presenta de forma evidente. Muchas veces aparece en gestos pequeños, en decisiones cotidianas donde, casi sin darme cuenta, me abandono para sostener algo externo: una relación, una expectativa, una imagen, una armonía aparente.
En esos momentos digo que sí cuando en realidad siento que no. Me adapto, me ajusto, me explico más de la cuenta, sostengo conversaciones que no me nutren, permanezco en lugares donde algo en mí ya se ha ido.
Esa es la sumisión que no se ve. No grita, no rompe, no es dramática. Pero va erosionando poco a poco la relación conmigo misma. Nace del miedo: miedo a incomodar, a perder, a no ser aceptada, a quedarme fuera.
Sin embargo, hay otra forma de retirarme que no tiene nada que ver con esa pérdida. Es un movimiento silencioso pero íntegro. Es cuando dejo de insistir en algo que ya no resuena conmigo y en lugar de intentar cambiarlo, convencer o manipular, lo permito y le doy un espacio también, sin identificarme con esa interpretación. De esta manera también le doy un espacio a lo otro, la idea, la energía, la interpretación, al otro ser porque también es su realidad.
Es la sensación de respeto hacia todas las realidades y desde ahí, desde la aceptación de todas ellas elijo retirarme cuando así lo siento respetando también mi energía. Desde ahí empiezo a sentir que la vida fluye y aunque siento que no tengo suelo para moverme de esta manera, en el aspecto que es un terreno no conocido, siento que hay tanta libertad y ligereza que todo me lleva a seguir esa corriente.
Ahí no me estoy abandonando. Me estoy sosteniendo.
Es una sensación de neutralidad desde la que me relaciono, que no me deja atada al otro ni a la situación. Es una presencia consciente en el momento, pero que cuando me retiro recoge la energía de vuelta hacia mí, hacia casa.
El retiro consciente no nace del miedo, sino del respeto. Respeto por mi energía, por mis tiempos, por lo que siento, aunque no siempre pueda explicarlo con claridad.
Y aquí aparece un aprendizaje nuevo para mí: no siempre se trata de quedarme y afirmarme. No siempre se trata de resistir, de explicar, de hacerme entender. A veces, la forma más honesta de sostenerme es irme sin luchar.
Dejar de insistir.
Dejar de explicarme.
Dejar de sostener lo que ya no es para mí.
Empiezo a comprender que la verdadera libertad no está solo en decir que no o en poner límites visibles, sino también en reconocer cuándo algo ha dejado de ser un lugar para mí, aunque desde fuera parezca que “no pasa nada”.
Aprender a distinguir entre la sumisión y el retiro consciente es, para mí, un punto de inflexión. Porque en esa diferencia se juega algo muy profundo: seguir abandonándome en lo invisible o empezar a sostenerme en lo esencial.
Vilassar de mar, 18 de marzo de 2026
