Reflexiono acerca del agua y de cómo me influye en mi vida cotidiana.
Ayer, disfrutando con una buena amiga en la zona de aguas de nuestro gimnasio —al que me asocié gracias a su recomendación—, comencé a prestar más atención a las indicaciones del cuerpo, sintiéndolas como un aviso y también como una puerta de entrada a lo que viene.
Cada vez me doy más cuenta de que estoy más sensible a las señales de mi cuerpo y a mi sentir desde el corazón. Como si algo en mí se hubiera afinado y ya no pudiera ignorarlo.
Aún me produce cierta disonancia, porque percibo a la vez dos maneras de funcionar:
la de “antes”, más ligada a la mente, a la racionalización y a la necesidad de explicarlo todo —desde el por qué sí y el por qué no, apoyándome en lo vivido o anticipando escenarios que aún no han sucedido—,
y esta nueva forma en la que me estoy adentrando, que se parece más a surfear, sin más.
Una forma de estar donde no hay tanto control, sino más presencia.
Es como si ahora atendiera más al “no” que surge de dentro que al “deber” o al “tener que hacer” algo, o a aquello que se espera de mí.
He cambiado mis prioridades en la medida en la que voy siendo consciente, y empiezo a reconocer desde dónde me muevo.
Si siento que no tengo claridad en una decisión, no hago nada. Confío en que en algún momento llegará esa claridad y el movimiento surgirá limpio.
Es como si fuera: si es, es… pero si hay duda, es un no.
Y me quedo ahí.
Sosteniendo la incomodidad. Dándole espacio también a la mente, que sigue trayendo el discurso de lo que “debería” estar haciendo, ese que me ha acompañado durante tantos años.
Hoy, esto me genera cierta ansiedad.
Es como quedarme suspendida en un vacío absoluto, sin saber cuál es el siguiente paso.
Y en ese espacio conviven dos voces muy claras: la que empuja y la que espera. La que quiere resolver, avanzar, entender… y la que, en silencio, simplemente permanece.
A veces, esa sensación me sobrecoge.
Y entonces me pregunto:
- ¿cómo puedo darle espacio a todo esto sin rechazarlo?
- ¿Qué parte de mí teme desaparecer si no actúo?
- ¿Qué intenta proteger en mí esta urgencia por hacer?
Empiezo a intuir que no es solo miedo… es memoria.
Me quedo ahí. Respiro.
Y, de pronto, llega una ola de llanto desde lo más profundo. Un llanto antiguo, contenido, como si algo dentro de mí por fin encontrara el permiso para expresarse.
Siento que es la última gota de aquella que creyó que, para ser amada, tenía que ser útil. Que su valor dependía de hacer, de resolver, de sostener. Durante mucho tiempo, confundí amor con utilidad… y descanso con peligro.
Al dejar ir esa parte de mí que asocia el valor con el hacer o con el tener, aparece algo más profundo. Una capa que no es solo mía. Es la memoria de la supervivencia. La mía, la de mi familia, la de todas las mujeres que vinieron antes que yo.
Como si mi cuerpo aún recordara que parar no era seguro.
Y, sin embargo, algo empieza a aflojar.
Muy suavemente.
Es como si por fin me diera permiso para descansar… y también para recibir sin tener que hacer nada a cambio. Recibir por ser quien ya soy. Por existir.
Porque hay algo que empieza a hacerse evidente: no tengo que hacer nada para tener un lugar. No tengo que convertirme en nada distinto para ser válida.
Ya existo.
Y en esa existencia hay una magnitud que durante mucho tiempo olvidé. Como si todo estuviera ya en mí… como si nunca hubiera estado realmente separado.
Ahí es donde puedo ver con más claridad el patrón de escasez desde el que mi inconsciente se ha movido durante tanto tiempo. Ese lugar interno que cree que falta algo, que hay que ganarse el derecho, que hay que asegurarse constantemente de no perder.
Y ahora, poco a poco, me doy la oportunidad de mirar ese patrón sin seguir alimentándolo.
Empiezo a intuir otra forma de estar.
Una forma que se parece más a permitir que la vida venga a mí… como cuando se pinta un cuadro y los trazos aparecen sin pensar cuál es el siguiente movimiento. Sin estrategia. Sin control.
Solo presencia.
Es como dejarme caer, sintiendo —quizás por primera vez de verdad— que estoy sostenida. Protegida. Acompañada.
Ya no necesito defenderme. Ni proteger lo que es mío. Ni vivir desde el miedo a que no me den lo que me corresponde por derecho divino. Somos un milagro de la creación y nos acostumbramos a movernos desde tal pequeñez que nos hemos olvidado que somos hijos de las estrellas.
Porque ese miedo nace de una parte que cree que no tiene derecho a todo.
Y algo en mí empieza a moverse desde otro lugar… desde el reconocimiento de que ese todo ya está aquí. Que no tengo que ir a buscarlo.
Quizás no es que no sepa hacia dónde ir, sino que estoy aprendiendo a no moverme hasta que la vida se mueva en mí…
Y en ese no hacer, en ese aparente vacío, empieza a revelarse algo nuevo:
que tal vez nunca estuvo vacío, sino lleno de vida esperando a que dejara de empujar para poder ser sentida.
Vilassar de mar, 19 de marzo de 2026
