Ayer, en la sesión con www.nuralquimiafemenina.com, fue un ejemplo muy claro de lo que es dejar espacio a lo fenomenológico. Sin haber nada planificado, aparecieron insights conmovedores. Con la intención clara de dar espacio a lo nuevo, siento que algo se desplegó dentro de mí.
Me doy cuenta de que uno de los aspectos más relevantes de la sesión fue recordar que mi timón interno siempre está. No desaparece, no se rompe, no deja de existir, aunque yo deje de sentirlo o me desconecte de él. Sigue ahí, estable, disponible, como una referencia interna a la que puedo volver. Y ahora siento que estoy justo en ese proceso: volver a prestarle atención y darle espacio de una manera orgánica, sin forzarlo. La vida me está invitando a mirar en una capa más profunda:
¿desde dónde estoy mirando para seguir avanzando?
Observo a mi alrededor, en el mundo empresarial en el que me relaciono, cómo últimamente, de una manera bastante directa, me piden que les diga qué tienen que hacer. Y me pregunto: ¿a estas alturas me piden esto? ¿Qué parte no han entendido? Yo les respondo que tienen las herramientas necesarias para hacerlo por sí mismos. Entonces, ¿por qué parece que cuesta dar ese paso? Quizá ese “click” que falta tiene que ver con asumir la responsabilidad de las propias decisiones.
Y ahí aparece una pregunta importante: ¿dónde está el límite entre la dirección externa —si es que la hay— y la dirección interna? Ese límite, difuso, me invita a aceptar la incomodidad de no tener definido hacia dónde pongo la energía. Y, a la vez, siento que puede ser un indicador del movimiento —o no— de mi brújula interna.
Hubo un ejercicio muy simple y, a la vez, muy revelador: recordar que siempre puedo volver a mi brújula interna a través de la mirada, de mi mirada, hacia mi eje vertical. Otra forma de comprender la energía masculina y la dirección interna desde ese eje que me sostiene.
Cuando hablo de volver a mi eje vertical, no me refiero a una idea abstracta, sino a una experiencia muy concreta en el cuerpo. Es esa línea interna que me atraviesa, desde la base hasta la coronilla, y que me sostiene sin esfuerzo. No tiene que ver con rigidez ni con control, sino con alineación. Desde ahí, la dirección no se piensa tanto: se siente. Es un lugar donde la energía no se dispersa hacia fuera, sino que se recoge, se ordena y desde ahí se despliega.
Para mí, ese eje es una forma de recordar que puedo sostenerme sin depender de referencias externas, y que mi dirección nace de esa coherencia interna.
Siento en lo más profundo de mi ser que es ahí donde quiero ahondar. En ese punto de mi timón donde percibo que tal vez ha llegado el momento de terminar de saltar. Dejar de demandar indicaciones fuera, porque si todo es un reflejo… ¿qué hay dentro de mí que aún no he visto? ¿A qué parte de mí necesito darle espacio y alineación para que, desde mi timón interno, todo comience a ordenarse también fuera?
Intuyo que, al esclarecer esta parte, se abrirán nuevos espacios desde donde moverme también con mi proyecto personal.
Y aparece otra capa: ¿cómo transformar una estructura antigua, que siento más cartesiana, más angosta, y que forma parte de mí, en una capa de alineación personal? Estoy en ese punto, y quizá por eso aparece una cierta indecisión interna, como un cambio de paso en mi timón. Pero no hay prisa.
También observo que hay demanda de energía por parte de algún colaborador, como si necesitaran mi mirada para sostenerse. Y yo estoy en un proceso de retirada, de empezar a valorar mi energía como un “divino tesoro”.
Siento que es el momento de enganchar mi cuerda de seguridad completamente en mí: en mi certeza, en mi alineación, en mi coherencia, en mi expansión y apertura.
Hay algo profundamente liberador en reconocer que mi cuerda de seguridad soy yo misma, que mi dirección no depende del exterior.
La vieja estructura aparece en sus últimos flecos, en esa “demanda de ubicación”. Y me pregunto: ¿no es lógico que esta demanda aparezca justo en los últimos pasos antes de saltar?
Respiro. Sí, es por ahí.
Abrazo esa resistencia profunda dentro de mí. Y en ese gesto, reconozco algo más: la mirada de mi madre en mí. Y cuando la reconozco, algo se afloja en mi interior. Algo se recoge, y al mismo tiempo, la energía vuelve a mí.
Yo soy el timón. Mi alineación es el camino.
Y cuando surge la necesidad de buscar fuera algo que creo que no tengo, lo miro como un síntoma, como una señal de hacia dónde necesito mirar dentro de mí. Un punto más de confianza en mi dirección interna, en esa línea vertical que me sostiene.
En la danza se ve claro: cuando dos personas bailan juntas, no se trata de que una se pierda en la otra ni de sostenerse mutuamente, sino de sentir la presencia del otro, mirarse a los ojos y reconocer que el otro está… y que también te ve. Hay encuentro, hay relación, pero no hay pérdida de eje. La vertical de cada uno sigue ahí, sosteniendo, mientras la horizontal se despliega en ese vínculo.
Y quizá es eso también en la vida: poder estar con el otro, sentirle, reconocerle… sin dejar de estar en uno mismo.
Vilassar de mar, 26 de marzo de 2026
