¿Estoy hablando para sostener mi valor… o desde un valor que ya no necesita ser sostenido?
Un día precioso que invita a compartirlo con la arena de la playa y el agua helada del mar que baña mis pies. Mientras leo un libro que hoy ha llegado a mis manos, me quedo sintiendo bajo el calor del sol cómo las palabras retumban en mi interior.
El libro de Pamela Kribbe “La mujer prohibida habla” habla sobre la relación entre las barreras internas que observamos en nosotros y los sentimientos profundamente arraigados de la indignidad. Comenta el camino al que las mujeres se enfrentan cada vez más, a barreras internas que solo pueden superarse a través de un camino interior.
Y no sé por qué también lo enlazo a un sentimiento que hoy aparece en mí, que creo que no es solo mío porque tiene una profundidad que no la asocio únicamente a mi historia: es el sentimiento de la equidad.
La sensación no viene tanto por la parte de la justicia, en el aspecto de si una decisión es justa o no, más bien es si eso es equitativo.
Siento que la justicia pertenece a un orden más mental, más estructurado, donde lo importante es lo correcto, lo que encaja dentro de una norma o un criterio externo. Lo podríamos asociar más a una energía masculina, concreta, medible. La equidad, en cambio, se mueve en un lugar más sutil, más interno, donde no se trata de dar lo mismo a todos, sino de reconocer lo que cada uno necesita en su propio camino. Es una sensación que se siente más en el cuerpo que en la cabeza.
Cuando algo no es equitativo, me doy cuenta de que no solo me lleva a un espacio de desigualdad externa, sino también a una sensación interna de separación, como si algo en mí se descolocara. No responde a razones tangibles, sino a un sentir que me abre otras preguntas, como la necesidad de expresar eso que ocurre dentro de mí para que el otro entienda de dónde nace.
Y sin embargo, en este momento en el que siento que ya no necesito dar explicaciones, aparece algo más sutil: me cuesta separar el no hacerlo de la sensación de desaparecer. Como si al no explicarme, dejara de estar presente en ese espacio compartido. Y al mismo tiempo, cuando doy explicaciones, percibo que hay algo que intenta forzar ocupar un lugar, como una necesidad de reclamar: “no me has visto en mi completitud, y por eso necesito mostrártelo”.
Ahí empiezo a intuir que tal vez estoy confundiendo explicarme con dar explicaciones, y que no son lo mismo.
Explicarme se siente más como un acto libre, un compartir que nace de mí sin necesidad de defender nada. Dar explicaciones, en cambio, parece venir de un lugar más antiguo, más sensible, que intenta justificar, sostener, hacer visible aquello que siento que no está siendo visto de mí o de mi historia.
Y entonces aparece otra pregunta: ¿para qué explico? ¿Para compartir… o para que me vean? Porque si miro más profundo, quizás hay una parte de mí, más niña, que aún cree que necesita explicarse para ser reconocida, para existir en la mirada del otro.
Y tal vez el hilo que se abre aquí no es dejar de expresarme, sino observar desde dónde nace esa expresión.
Porque no es lo mismo hablar desde la necesidad de ser vista, que desde la certeza de quién soy. Y quizás la equidad que hoy siento también tiene que ver con eso: darme a mí ese espacio donde no necesito justificarme para existir, donde mi voz no nace para defenderse, sino simplemente para ser.
La justicia mide; la equidad escucha. Y en esa escucha aparece algo que no se puede calcular, pero sí sentir.
Quizá por eso este sentimiento no lo asocio del todo a mí, porque no nace solo de mi experiencia personal, sino de un lugar más profundo, casi colectivo, como si el cuerpo reconociera un equilibrio más amplio que la mente no alcanza a definir.
Y entonces me pregunto si muchas de esas barreras internas de las que habla el libro no nacen también de habernos medido durante tanto tiempo con la vara de la justicia, cuando en realidad el alma parece pedir algo más cercano a la equidad, a una mirada que incluya la historia, la herida y la verdad de cada ser.
Vilassar de mar, 4 de Abril de 2026
