Hay momentos en los que lo que creíamos sólido —una relación, una forma de abundancia, un proyecto— se deshace frente a nuestros ojos.
No poco a poco. No con cuidado.
Sino de forma abrupta, incluso dolorosa, como si lo que habíamos vivido no hubiera sido real.
Y entonces nos preguntamos:
¿Fue una ilusión? ¿Lo creé yo sola? ¿Cómo no lo vi venir?
Pero más allá de estas preguntas, hay una más profunda:
¿Qué parte de mí creó esa experiencia… y desde dónde?
La ilusión como reflejo de una necesidad
Hoy veo con claridad que parte de lo que llamé “real” era en realidad una proyección:
la ilusión de una fuente externa —de amor, de abundancia, de sentido— que me sostendría si yo no podía hacerlo sola.
Una fantasía tejida desde una necesidad antigua, no resuelta:
la de ser cuidada, validada, sostenida.
No era una ilusión absurda.
Era la expresión de una parte de mí que aún no confiaba del todo en su poder creador.
Una parte que había aprendido a depender de otros para sentir que valía, que merecía, que estaba segura.
Y así, construí relaciones y estructuras externas que me ofrecían esa sensación de abundancia.
Pero cuando dejaron de fluir —cuando se derrumbaron sin respeto, sin ternura—
no solo caían esas formas.
Caía también la creencia de que yo no podía sostenerme sin ellas.
No soy lo que se desmorona
Durante un tiempo, confundí la caída de la ilusión con mi propio valor.
Pensé: “Si esto se rompe, es que yo no valgo. Si lo soñé y no se sostuvo, es que aún tengo trabajo por hacer.”
Pero eso también era parte del espejismo.
Hoy lo sé:
yo no soy la ilusión que se desmorona.
Soy la consciencia que la observa caer.
Soy la raíz que queda después del derrumbe.
Soy la fuente que nunca se fue.
Volver a ser la fuente
Volver a ser la fuente no significa cerrarme al mundo.
Significa dejar de entregarle a otros el poder de definir mi seguridad, mi abundancia o mi capacidad de crear.
Significa honrar esa parte de mí que soñó con algo hermoso, incluso si no se sostuvo.
Y a la vez, elegir volver a mí:
a la confianza profunda en que todo lo que necesito ya habita en mí.
Mi abundancia no depende de que alguien me dé.
Mi valor no se mide por cuánto me sostienen.
Mi verdad no se pierde cuando algo se rompe.
Desde aquí, desde este nuevo centro, me reconozco como canal.
Como tierra fértil.
Como fuente.
Vilassar de Mar, 8 de Noviembre de 2025
