Danzar con la brisa

Ayer visité a Carme. Hacía demasiado tiempo que no compartíamos un rato juntas, y me encantó reencontrarnos. Recuerdo que fue una de las primeras almas bellas que me ayudaron a comprender que la vida es mucho más de lo que me habían explicado.

Así, entre palabras, suspiros, silencios y emociones a flor de piel,  volvimos a comprender el sentido profundo de nuestras encuentros.

Me comentó —o tal vez me recordó— que hay momentos en los que simplemente se está. Momentos en los que parece que no hay claridad. Y, sin embargo, son los mejores momentos. Porque en ellos tienes la oportunidad de cuidarte sin expectativas, confiando más que nunca en lo que tenga que venir. Lo que tenga que desplegarse… llegará. Emergerá con una claridad tan serena que no habrá lucha, solo un movimiento sutil.

Volvemos al “nada que hacer”. O a la Presencia amorosa. Dos maneras de nombrar el mismo gesto interior.

Cuando entras en este espacio sin propósito aparente, te estás acercando al mayor de los propósitos: sentirte a ti misma.

¿No es ese el propósito más profundo? ¿No es desde ahí desde donde podemos movernos por la vida con autenticidad?
¿Y no es cierto que, cuanto más nos sentimos a nosotras mismas, más capacidad tenemos de sentir al otro?

Estar en presencia amorosa con una misma es aceptar lo que es. Lo que acontece dentro de ti, sin juicio, con espacio, con acogida.

Solo presencia.

Durante mucho tiempo, quizá caí en la idealización de ciertos aspectos de mi vida. El amor, uno de ellos. Tal vez por tantas películas de galanes de los años 70 y 80 que veía con mi madre los fines de semana. Era nuestro pequeño ritual sagrado: las dos, juntas, compartiendo una misma mirada, una misma emoción. En ese instante me sentía acompañada, protegida, vista.

Hoy veo que, quizá, sin saberlo, asocié esa Presencia —esa calidez tan profunda— con lo que creía que era el amor.
Y desde allí me enganché a ciertos patrones que luego repetí en mi vida adulta sin darme cuenta:

A veces busqué que el amor me «salvara», como lo hacían aquellos galanes perfectos que resolvían la historia con un solo gesto.
O confundí presencia con atención externa, esperando sentirme viva a través de la mirada del otro, como si esa mirada validara la mía.
También asumí sin cuestionarlo algunos roles románticos que parecían “lo normal”: esperar, idealizar, sostener silencios que no eran míos.
Y en ocasiones perseguí intensidades —picos emocionales, clímax de película— creyendo que ahí estaba la prueba del amor verdadero.

Sin saberlo, fui tejiendo mis relaciones desde esos fragmentos idealizados, pedacitos de escenas que no se correspondían con la historia real.
Porque la vida, como el día y la noche, se mueve en dualidad constante. Cada vínculo tiene sus matices, sus claroscuros, sus tiempos propios.

Los matices que vivimos son también reflejos de nuestro mundo interior. Somos un sinfín de colores, de emociones, de posibilidades de experimentación. ¡Hay tanta sutileza en nosotros!
Y qué bello es estar en presencia con todo ello, darle un lugar, reconocerlo, acogerlo tal como es. Con sus luces y sus sombras.

Desde ahí, desde ese contacto íntimo con lo que somos, podemos ofrecer al otro una presencia amorosa y auténtica. Un simple y profundo “te veo”.

No hace falta justificar, explicar ni demandar. Basta con estar. Sentir la vida a través de ti.
Ser suficiente… en presencia.

Y desde ahí, acoger lo que acontece… como el junco, danzando con la brisa.

Vilassar de mar, 5 de Diciembre de 2025

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