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Del blanco y negro al color

Escucho las gotas caer en la mágica terraza, ese espacio que se ha convertido en un portal hacia la inmensidad del mar que se abre ante mí.
Desde hace unos meses, siento la necesidad profunda de simplemente estar. Habitarme. Solo eso…  Es suficiente.

Por primera vez en mi vida, entrego con confianza mi mejor intención al cuidado de algo más grande. Me rindo a la magnitud y la sabiduría de la vida misma, y me dejo ir con un “no sé más” que nace desde el amor hacia mi, un respeto hacia mi misma » y esta bien así».

Rendirnos ante lo que es no significa perder, sino atravesar. Y al hacerlo, se abre ante nosotros un nuevo espacio: más amplio, más verdadero. En ese espacio, al volver a mí, descubro que todas las oportunidades se despliegan de nuevo.

Lo imposible se vuelve posible. No hay pasado. No hay tiempo. Solo existe nuestra capacidad —presente, viva— de dar lugar a nuestra mejor versión, una y otra vez.

Cada día es una nueva posibilidad de elegir desde la verdad lo que sentimos: una palabra, una acción, un gesto… o incluso, no hacer nada. A veces, el movimiento más sabio es simplemente volver hacia dentro, especialmente cuando nos envuelven la incertidumbre, la incomprensión o el ruido del mundo exterior.

Vuelvo a mí con el sentir de que ahí, dentro, todo está bien. Y desde esa serenidad, desde ese amor hacia mí misma, sé que afuera también todo irá bien.

No será amenaza, será danza.

Vengo de una forma de vivir más mental, más contenida… o quizás es que no sabía que se podía sentir tan hondo, tan libremente.
Hoy comprendo que no hay que elegir entre el corazón o la razón. Emergen de lugares distintos, pero pueden convivir. La diferencia está en quién toma el timón, o mejor aún: en quién quiero que lo tome.
Es una decisión interna, un movimiento tan sutil y tan grande a la vez, a través del cual me abro a una percepción más amplia de la vida, en toda su magnitud.

Del blanco y negro… al color.

Ahora sé que ambas dimensiones —el sentir y la razón— pueden encontrar su espacio.
Mi foco está en permitir que mi movimiento vital surja de lo que siento… y que lo demás se acomode a ese latido.

Ser suficiente

Esta palabra me pesó durante años. Me juzgué, me limité, me comparé.

En mi infancia, durante la EGB de los años 70 y principios de los 80, ese “suficiente” escrito a mano en el boletín escolar parecía no serlo. Ese número “5”, esa línea mínima que te mantenía a flote, era más un juicio que un reconocimiento. Un 4,9 era fracaso.
Y así, en mí —como en tantos de mi generación— se instaló una sensación persistente de no ser suficiente en el aspecto de no ser bastante.

Más tarde, en la adolescencia y juventud, ese juicio se trasladó del aula al espejo.
La sociedad nos decía de forma sutil —y a veces brutal— que solo si te parecías a cierto modelo externo serías suficiente. Que solo si encajabas, si imitabas, si alcanzabas una perfección ajena… serías vista, aceptada, amada.

Nadie nos enseñó a valorarnos desde nuestra esencia. Todos los estímulos nos empujaban hacia fuera, haciéndonos olvidar quiénes éramos por dentro. Ahora lo veo como una poderosa arma de distracción: una estrategia que nos alejó de habitarnos, de sentirnos y de vernos los unos a los otros.

Esa terrible, tremenda sensación de evaluarnos en comparación con lo que otros hacían ahí fuera…Nos encogíamos ante la idea de que los demás eran más listos, más importantes, más respetados… y tal vez más felices?

A través de supuestos éxitos basados en falsas ilusiones externas, nos fuimos abandonando. Nos deshabitamos. Dejamos de sentirnos.
Y en mi caso, dejé de sentirme suficiente simplemente por ser yo misma.

Hoy reconozco ese movimiento sutil que me llevaba a mirar fuera, esperando encontrar allí algo que me sostuviera ante el vacío existencial. Ahora, cuando la duda me tienta —cuando me asomo ahí l afuera, al ruido que amenaza con arrastrarme lejos de mí—, siento la necesidad profunda de volver.
Volver a mí. Habitarme. Quedarme en mí… solo siendo.

Puedo mirar ahí fuera y, aun así, quedarme donde estoy: en mí.
Puedo sentir la interferencia de la comparación… y no moverme.
Puedo ver mi indecisión, mi miedo, mi caos, mi fragilidad… y simplemente quedarme en el movimiento de volver a mí, sintiendo.
Y aún así,  sentir que soy suficiente.

Esa creencia de insuficiencia, esa sensación de incompletitud me acompañó durante gran parte de mi vida… hasta que comencé a mirar dentro.

A  dejar de seguir modelos. A empezar a recordarme.

“El amor que buscamos ya habita en nosotros.”

No somos suficientes por lo que logramos, ni por lo que mostramos.
Somos suficientes simplemente por lo que somos.

Ahora lo sé:
Somos completos por diseño propio, vienen de serie.
Y estamos despertando de ese velo del olvido para volver al origen…
Al amor.

Este movimiento crece en tierra fértil. Una tierra en la que la confianza en la vida se despliega ante mí y a través de mí.

Expandiéndose. Vivenciándose en unidad con el amor que todo lo es.

Esa sensación de completitud… es la que empiezo a intuir en mí.
No como una meta, sino como un punto de partida.

Hoy he aprendido, a través del sentir en mi cuerpo, ese otro extremo.
Ese otro lado del camino, donde el ser suficiente es el todo desde el cual parto.
Donde no necesito ser más, ni parecer otra cosa, para existir con dignidad y amor.

Yo soy suficiente.”
“Yo soy el que soy.”

Y desde ahí… todo florece.

Vilassar de Mar, 20 de Diciembre de 2025

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