El arte de estar presentes

Lo más importante en la vida es que lo más importante sea lo más importante.

Le doy vueltas a esta frase hoy, de @victorkuppers, y siento una vez más que la clave está en saber el orden de prioridades que existen en nosotros. Muchas veces podemos dar por sentado que el orden de importancia en nuestras vidas es el mismo para todos, y más aún cuando estamos hablando de vínculos cercanos, pero no es así.

Cómo nos movemos en nuestro día a día lo va reflejando: vamos dejando huella de quiénes somos o de quiénes creemos ser a través de nuestro comportamiento. Tiene más que ver con los valores, lo intrínseco en ti que te hace moverte, y con la delicadeza y el detalle, la presencia y el cuidado que le quieras dar a todo eso que es valioso para ti.

¿Cómo determinar lo que es valioso para ti?

En mi caso, y bajo la influencia de mis últimas experiencias vividas esta semana, es hacer caso a lo que el cuerpo intenta mostrarte, hacer caso a aquello que te da tranquilidad, paz contigo misma, independientemente del razonamiento o de si es conveniente o no.

Qué importante es el lenguaje emocional que tengas contigo misma y con tu entorno, para poder compartir con respeto y empatía eso que te está moviendo. Lejos del juicio que puedas proyectar hacia fuera, está la parte de observación de ti misma y de estar con aquello que acontece.

Tenemos la habilidad de intentar maquillar o despistar lo que está pasando, como si al no mirarlo pudiéramos evitarlo, como si no dándole espacio o restándole importancia, el malestar pasara antes…

Y yo, lo que estoy aprendiendo es que no por no mirar, o por creer que despisto y miro de reojo, eso pasará de largo. Volverá otra vez para recordarte lo que no quisiste mirar en total presencia.

Estar con lo que acontece, poner presencia y permitir que se abra el espacio en donde las emociones tienen lugar para ser vistas, es una manera de restablecer un nuevo orden en tu interior, de forma orgánica y natural.

Lejos del drama y lejos de la huida, del no mirar, hay un espacio en el que puedes estar sintiendo cómo la ola te atraviesa.

El qué decir y cómo decirlo, haberte dado tú misma el permiso, y tener el del otro para expresar con delicadeza eso que puede construir en la relación, en el encuentro, en ese momento.

Sea en una relación de amistad, de trabajo o de pareja, está en nuestras manos que ese encuentro sea constructivo.

La responsabilidad de quienes están en el encuentro de expresar lo que les está atravesando no tiene por qué ser en palabras. Hay muchas maneras de expresar el respeto, el amor, la comprensión, la compasión…

Pero he descubierto que, si no te lo permites a ti misma…

  • ¿Cómo puede estar al alcance poderlo transmitir a los demás?
  • ¿Cómo ofrecer algo que no te has permitido a ti?
  • ¿Cómo ofrecer algo que no has probado, que no has sentido en tu cuerpo?

Y toda una vida para aprender… y parece que aún no la acierto.

Esta sensación con la que me he despertado hoy, de no acertarla… justamente al expresar con amor lo que te está pasando.

¿Puede ser que ponga una expectativa en el otro, en la reacción que eso que estás expresando pueda producir?

¿Y por qué espero una reacción?

La expectativa invisible

Cuando eso que compartes es auténtico para ti, ¿la expectativa es lo que te ata e impide dejar ir?

Cuando estás alineada con tu verdad y deseas compartirla sin esperar ninguna reacción, pero te das cuenta de que en tu interior tal vez sí que esperabas…

¿eso es apego?

Cuando compartimos algo que nos está removiendo —una herida, una duda, una emoción viva— suele haber, incluso de forma muy sutil, un anhelo:
«Que el otro me vea, me entienda, me acoja o reaccione de una forma que calme o alivie lo que yo estoy sintiendo.»

Ese anhelo puede estar escondido detrás de una aparente neutralidad: «solo quería compartirlo», pero si somos honestos, muchas veces lo que también estamos pidiendo es una presencia concreta, un gesto de empatía, una validación, una guía, una mirada diferente.

Y cuando no llega… aparece la tristeza.
No es una tristeza «por el otro». Es una tristeza porque algo que necesitábamos no fue nutrido.

Tal vez haya una parte de mí que asocia validación con seguridad: «Si el otro reacciona como espero, entonces no estoy sola, no estoy equivocada, estoy a salvo.»

Y cuando no hay esa reacción, el silencio del otro se convierte en un espejo que parece decir: «no eres comprendida, no importa lo que sientes, estás sola en esto».

Ese mensaje duele, incluso si no es real.
Lo que duele no es el silencio en sí, sino lo que creemos que ese silencio significa.

"Importas. Lo que diste importó. Lo vivido fue real. Y aunque el otro no lo exprese, eso no borra la verdad de lo compartido."

Cuando hemos compartido algo genuino con otra persona, lo que queda latiendo en nosotras es el deseo de que eso haya tenido valor para ambos. Que no haya sido invisible. Que haya dejado huella. Que no se desvanezca en el silencio como si nunca hubiera sido.

Esto no es apego.
Esto es cuidado consciente por la historia compartida.
Es la necesidad de saber que, aunque los caminos se separen o cambien, hubo verdad, hubo presencia, y hubo corazón.

A veces, lo más sencillo es justo lo que se nos olvida.
Porque más allá de lo emocionalmente preparados que estemos,
más allá de todas las herramientas que podamos tener,
hay algo más profundo…
un sentido básico de la vida que nos envuelve y nos impulsa a ser buenas personas.

No desde la exigencia, sino desde la humanidad.
Desde ese impulso silencioso que nos mueve a cuidar, a no dañar, a dejar una huella amable.

Y como decía la Madre Teresa de Calcuta:
"Que nadie se acerque jamás a ti sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz."

Quizás eso sea lo más importante.

Vilassar de Mar, 27 de Septiembre 2025

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *