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El arte de traducir la vida en palabras

Ayer, conversando con una gran amiga a quien quiero y admiro profundamente, tomé conciencia del camino de autocomprensión que he recorrido.
Sus palabras despertaron en mí una reflexión que me llevó al origen de mi impulso como escritora. Comprendí con más nitidez el porqué y el para qué de esta vocación que me habita.

Cuando me abro a la posibilidad de experimentar, de transitar desde el interés genuino por aquello que me llama, si me abro a experimentar el camino en el que mi intuición me invita a indagar y a plantar mi atención en eso, me estoy invitando a mí misma a, sin así tener claridad del camino en su totalidad, lanzarme a ello como canal en el que mis palabras vibren mi vida. Un sí que no requiere tener claro todo el camino, pero que confía.

Es así como escribo: como quien escucha desde adentro y pone en palabras aquello que pide ser atendido, visto, nombrado, gustoso en sí mismo y abierto al resonar de la vibración que emana. En una danza de bienvenida para aquel que quiera compartir mi experiencia. Sin más. Simple, sencillo, un espacio de recogimiento y de expansión al mismo tiempo, en donde nuestra verdad es bienvenida.

Una palabra, una foto, un olor, un recuerdo, tal vez un paisaje me lleva a encadenar los hilos que, apenas imperceptibles, voy sintiendo unidos, y cada vez con más intensidad y claridad desarrollo la capacidad de unirlos, como si cada palabra fuera una nota que, al encontrar a las otras, va creando una obra.

Una obra que nace de la expresión de mi vida interior y de la forma en que la interpreto.
Una claridad, una comprensión, un darse cuenta que emerge al poner orden a mis sensaciones y que, a través de la escritura, encuentra un cauce para ser expresado.

Por otra parte, también me abro a escribir desde un movimiento más orientado hacia las sensaciones exteriores. Algunas de ellas las reconozco con claridad porque ya las he transitado; otras, aunque nuevas, me atraviesan a través de mi sensibilidad y me invitan a ser canal para que puedan expresarse a través de mí.

Así es como escribo: desde dentro y desde fuera,
desde la verdad que se asoma cuando me permito escuchar y traducir la vida en palabras.

Es la primera vez que, desde mi soberanía, manifiesto el ser escritora. El hecho de recoger el camino desde donde empecé a hilar este proceso me lleva, conscientemente, a la muerte de mi padre. Tal vez un poco antes, cuando empecé a leer mis primeros libros que tan amablemente me recomendaron para atender a esa necesidad que se abría dentro de mí:

¿hay algo más profundo en esta existencia para comprender?

¿Qué estamos haciendo aquí?

En esa época ya intuía una profundidad, esa mirada desde las estrellas.

Desde ahí es desde donde conscientemente empecé a hilar esta sensación que se iría abriendo como el canal de manifestación de tal como veo y siento la vida que me rodea. Tal como os he comentado, a veces son pistas, recuerdos, fotografías, olores o músicas que me llevan a recordar o a hilar alguna reflexión. Me llevan a poner palabras y a unir cabos que, desde mi experiencia, son relevantes darles un sentido, porque a través de ello alcanzo una comprensión, también yo, más profunda de mí y de la humanidad que habitamos. Aquella en la que experimentamos esta vida y aquellas que tal vez sentimos más allá de esta en la que late nuestro corazón.

Volviendo al inicio de mi experiencia con las palabras, los libros y la sensación de búsqueda de la verdad…

El 3 de enero de 2013 mi padre trascendió. Eso me dejó con una sensación de orfandad profunda que me catapultó a un vacío muy profundo. Una sensación de pérdida de rumbo, de ingravidez, que hizo agravar la búsqueda de la comprensión de la vida más allá del cuerpo que tocamos.

En ese torbellino de sensaciones que me atraparon hubo un espacio en el que me sentí acogida, un espacio de quietud, como una burbuja que me ayudó a sentirme sostenida semana tras semana durante los siguientes meses que precedieron a que mi padre nos dejara. Mi vida transcurría durante esa época en el punto más agudo de la programación, en la repetición, los horarios y el dejarme llevar por las obligaciones. Me abandoné al rumbo que desde el exterior continuó llevando mi vida durante un tiempo.

Una librería en particular en el centro de Barcelona es la que me ayudó a retomar la ilusión semana tras semana hacia algo más profundo que llamaba a la puerta para emerger… y así lo hizo. Disfrutaba de las tardes de los sábados sentada en las escaleras cerca de los libros que me empezaron a interesar, sobre todo los de Wayne Dyer, Chopra, Eckhart Tolle, Osho.

Como en un ritual, me acercaba a la zona en donde se organizaban los libros de espiritualidad y dejaba sentir el que me llamaba la atención. Los ojeaba y muy frecuentemente los leía empezando por el final, hasta sentir si era ese libro el que esa tarde me atraparía o me dejaría llevar por algún otro, trasladándome a un espacio de no tiempo en donde la calma, la comprensión y el estar en mí me devolvían a un punto desde donde continuar mi vida.

Y así fueron pasando las semanas, los meses, y la sensación de un nuevo capítulo en mi vida se iría abriendo como una flor.

Como Scarlett en Lo que el viento se llevó, hoy pongo por testigo a la vida misma de que me lanzo con determinación a esta nueva tierra de creación mágica: el arte de traducir la vida en palabras.

Vilassar de mar, 18 de Enero de 2026

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