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El nuevo espacio que se ha abierto dentro de mí

Siento un espacio de remanso, de paz, como cuando los ríos tienen lugares en donde las aguas se calman por un tiempo. Están en paz, sostenidas, aun sin claridad manifestada en su dirección. El agua está en movimiento, pero deja de estar agitada y, por unos instantes, permanece plácidamente ahí: sostenida, gestando, tomando impulso para después continuar con el curso del río. Aun sin saber cuál será, confiando —eso sí— en que se abrirá camino.

Hay un momento en el río en el que el agua no empuja ni es empujada. No retrocede, pero tampoco avanza con prisa. Descansa sin dejar de ser río. Ese descanso no es estancamiento, es integración. Es el espacio donde lo vivido se asienta, donde la fuerza deja de ser turbulencia y se convierte en dirección. Como si la corriente necesitara ese abrazo silencioso para recordar hacia dónde quiere fluir.
Ese remanso no es una pausa vacía; es un útero invisible donde se reorganiza la energía antes de dar el siguiente tramo del viaje.

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Siendo esa serenidad un espacio mayor dentro de mí y a mi alrededor. Siento y noto cómo el exterior no me alcanza a alterarme. Tal vez pequeñas cosas que antes lo harían, ahora encuentro una mayor capacidad de detectar mi proceso de “fricción” cuando se pone en marcha. Cuando aparece, me doy cuenta y me retiro. Le doy conciencia al momento de fricción como un aviso. Respiro.

Una calma profunda, vestida de sobriedad. No es densidad, sino profundidad. No es peso, pero la siento contundente, muy presente, llevándome a habitarme de una manera antes no sentida. Es como bajar el volumen y la intensidad. Es sentir más el mundo y tomar conciencia de su magnitud desde el cuerpo.

Como cuando te ubicas con el GPS y puedes verte en un punto exacto dentro del mapa, tomando perspectiva del espacio.

El GPS no cambia el territorio, pero cambia tu comprensión del lugar que ocupas en él. De pronto puedes ver dónde estás, qué hay alrededor, qué caminos se abren y cuáles ya no tienen sentido recorrer. No te mueves necesariamente, pero tu conciencia sí lo hace.
Es como si el punto de referencia que soy yo se hubiera desplazado. Y al cambiar mi ubicación interior, cambia también la lectura del paisaje. Puedo percibirme en horizontal —en relación con lo que me rodea— y en vertical —en relación con lo que me sostiene y me trasciende—.
No es que el mundo haya cambiado; es que ahora me veo dentro de él desde otro nivel de altura y profundidad.

Cuando sientes que estás sostenida y ofreces tu intención a un bien mayor, porque sientes que ya no hay un suelo —al menos no el conocido con las referencias antiguas—

Cuando dejas de pelear, forzar, esperar, dramatizar y simplemente dejas “que sea”. Cuando permites que la vida fluya a través de ti, cuando permites que la vida se exprese y tú, en rendición, formas parte del movimiento, de la ola de expansión, aun sin saber por dónde te llevará pero confiando en que será para tu mayor bien.

Sientes que ya no hay tanto gasto de energía y que puedes empezar a regenerarte de diferentes maneras. Te abres a la posibilidad de vivir distintos ciclos en un mismo día. Te regeneras más fácilmente. Sientes el sol, las palabras, las personas. Ves la belleza en cada experiencia.

Y, al mismo tiempo, tampoco inviertes más tiempo del necesario. Empiezas a escuchar las señales del cuerpo que te invitan a salir de los sitios, a dejar una conversación, a retirarte sin más de lo que estés haciendo o de quien estés acompañando. Puede que en un momento sea un sí y, al instante siguiente, sientas un no.

Es el juego de estar conectados con nuestro sentir. Cada vez más alineados, durante más momentos, con eso más grande que nos habita. Percibiendo con mayor claridad la diferencia entre la tendencia innata de nuestra personalidad —que busca lo conocido, lo cómodo, lo inmediato— y esa voluntad más elevada que nos susurra caminos nuevos.

Vilassar de Mar, 25 de febrero de 2026

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