Quizá la vida no es un problema a gestionar, sino una experiencia a atravesar.
Leyendo un libro de Pablo d’Ors, Biografía del silencio, me asaltó la curiosidad. Me quedé atorada en un párrafo del capítulo 33 en el que comenta:
“Siempre estamos buscando soluciones. Nunca aprendemos que no hay solución. Nuestras soluciones son sólo parches, y así vamos por la vida; de parche en parche. Pero si no hay solución, en buena lógica es que tampoco hay problema. O que el problema y la solución son la misma y única cosa.”
“Todas nuestras ideas deben morir, para que por fin reine la vida.”
Nos educaron para creer que madurar es saber resolver. Siempre tuve muy integrado, casi en automático, que cuanto más resolutiva fuera, mejor. Más imprescindible. Más buena. De alguna manera, más completa. En la línea de buscar el reconocimiento desde fuera, dando por hecho que uno de los raseros era ese.
Como si la vida llevara intrínsecamente mucha problemática y, por ello, mis habilidades resolutivas fueran necesarias. Cuantas más, mejor.
La cabeza me explotó, tanta sencillez me parece ilusoria.
Lo que realmente estalló fue la identidad que se sostenía resolviendo. Lo que me ha llamado más la atención es que yo siempre he estado buscando soluciones. Me he dado cuenta al leerlo y ver que “nunca aprendí que no hay solución”
Ahí apareció la pregunta:
¿Y ahora quién soy yo sin estar resolviendo?
Ante tal evidencia, ante ese espacio nuevo que se abre cuando te mueves por la vida desde otro punto, algo cambia. La energía se transforma cuando dejas de reconocer el problema como tal. Se vuelve más ligera. Como si ya no hubiera una pared que saltar o picar… sino una energía distinta que aprender a sostener y atravesar.
Es como si nunca nos hubieran enseñado a vivir desde esta sencillez orgánica. Desde el movimiento natural al que no te resistes. Vas con miedo, tal vez, pero te subes a la ola. Eres parte de la ola.
¿O es que acaso la ola dice: “Tengo el problema de que me deshago en la orilla”?
Imaginemos por un momento que sí. Que la ola, al levantarse, siente que algo va mal. Hay viento, hay movimiento, hay espuma. Y piensa:
“Esto está desordenado. Debería estar más calmado. Tengo que estabilizar el mar.”
Empieza a tensarse. Intenta no romperse. Intenta mantenerse perfecta. Intenta controlar la dirección del viento.
Pero el mar no necesita ser gestionado.
El mar está vivo.
La ola no vino a arreglar el océano.
Vino a ser ola.
Desde la perspectiva de la ola, deshacerse en la orilla puede parecer dramático. Desde la perspectiva del océano, no hay problema: es su naturaleza.
Tal vez a nosotros nos ocurre algo parecido. Con la idea instalada de que la vida está llena de problemas a resolver, damos por hecho que si nos atoramos es porque debemos encontrar la manera de solucionarlo: forzar, insistir, manipular, empujar.
Pero si cambiamos el punto de vista, si dejamos de mirar aquello como un obstáculo inmóvil que hay que saltar —como si la vida fuera una carrera de vallas—, la energía cambia.
Si te mueves con la incertidumbre, el cambio, el duelo o aquello que podría generar bloqueo, y lo llevas contigo de la mano, deja de ser algo aparcado en un rincón mientras te preguntas qué hacer con ello.
La vida no se detiene.
Y cuando encerramos una experiencia en una cajita para “resolverla”, lo que hacemos es congelarla, idealizarla, convertirla en algo externo a nosotros magnificándolo, sintiéndolo hueco y sin sentido de la realidad.
¿Qué hay detrás de esa idea?
Quizá se trata de desarrollar otra capacidad:
Sostener sin arreglar.
Estar sin intervenir.
Confiar sin controlar.
Atravesar la vida.
Como la ola.
No intentando ordenar el mar,
sino permitiéndose ser parte de él.
Vilassar de mar, 21 de Febrero 2026
