Leo una frase que me retumba en las entrañas: “miedo ancestral al exilio, a no encajar en la lógica del mundo, a perder el amor si no eras realista”.
Y entonces surge otra pregunta: ¿Qué es ser realista? ¿Cuántas veces se ha etiquetado como fantasía lo que simplemente no se sabía nombrar? Lo invisible, lo no dicho, lo que no encajaba en las palabras disponibles.
Quiero escribir acerca del instinto y mi sensación de confusión con la fantasía.
¿En qué momento crees que el instinto te lleva hacia una sensación de algo que no es de este mundo, como si no siguiera las leyes de la realidad material?
Eso me hace pensar que es fantasía, y entonces desestimo la posibilidad.
Me doy cuenta de que, mientras escribo esto, ya empiezo a discernir entre el sentir del instinto y el pensar de la fantasía.
De pequeña me decían que era muy fantasiosa, y que eso me traería la desgracia.
Ahora, frente a esas frases que tal vez me creí como verdades absolutas, me siento confundida.
Busco en internet, una vez más, alguna pista que me alivie de lo que mi mente me arrolla y leo:
«A veces la fantasía aparece como una vía de escape frente a lo que no se puede o no se quiere sentir«
Y me abro a la posibilidad de que una parte de mí haya usado ese mundo como refugio. Para proteger algo más sensible, quizás más real incluso que la «realidad» externa.
¿Y si esa fantasía no era un error, sino el lenguaje secreto del alma cuando aún no sabía cómo nombrar lo sagrado?
Hoy mi sensación es nueva.
Se me ha despertado la habilidad de sentir el espacio, más allá de quienes somos, de nuestros cuerpos, y de quiénes o qué tenemos a nuestro alrededor esta eso, aquello que lo contiene todo, lo que abraza, lo que sostiene. Como el lecho del río como metáfora de lo que sostiene, abraza y da forma al fluir de la vida ya que no se impone, contiene. No empuja, permite.
Se está abriendo esta posibilidad: una sensibilidad nueva, que nunca antes había sentido.
Ahora me abro a ella, como a una sensación inédita que, al no haberla experimentado antes, me hace tambalear. Dudo desde mi mente racional, que busca un suelo conocido.
Es como si tuviera todas las partes de mí rebuscando conceptos donde sostenerse, mientras otra parte flota, está en calma, en la paz que da la confianza en el movimiento mismo de la vida.
Es como si algo en mi interior pudiera ver mis propios movimientos, los de fuera, todas las posibilidades, y al mismo tiempo observar el movimiento de mi cuerpo físico.
Es un proceso de decantar desde dónde hago el movimiento.
Y ahora, aunque todas las sensaciones estén presentes, es el cuerpo quien me marca el paso, quien me dice si es momento de moverme… o no.
Abro la caja de Pandora,
porque siento que ha llegado el momento de terminar de conectar el movimiento del cuerpo con el corazón.
O quizás no tanto reconectar, sino apagar las interferencias.
Como si pudiera silenciar la radio, detener el ruido exterior…
y permitir que se active el lazo que ya existe entre el corazón y el cuerpo,
entre el cielo y la tierra. A medida que pongo mas atención ahí, una fuerza interior se despliega que me lleva a volver a mi instantáneamente.
Desde hace un tiempo siento el corazón más amplio, a veces como a punto de explotar. Me vienen olas de calor y estremecimiento. Es como si todas las sensaciones estuvieran confluyendo a la vez.
Eso me abruma, porque mi mente racional intenta buscar una explicación. Escucho el eco de quien llevó el timón durante tanto tiempo.
Hoy, sin embargo, me doy cuenta de que ese timón… ha pasado a otras manos.
Mi corazón —junto con algo más profundo— se ha hecho dueño de mi creación.
Por fin siento que los lazos de la confusión, que en otro momento habrían tomado el control, ya no mandan. Antes habría detenido el proceso. Como la niña que una vez fui, y que se estremecía cuando algo no entendía.
Esa niña que se escondía debajo de la mesa camilla.
En mi casa, y en la de mi abuela, siempre hubo mesas camillas.
Y a mí me encantaba esconderme ahí. Jugar al escondite, desaparecer, o esperar a que me encontraran.
Tenían una estructura interior que facilitaba ese recogimiento, ese refugio perfecto.
Me sentaba cómoda, protegida de un mundo exterior que muchas veces no comprendía.
Hoy lo veo claro: esa mesa camilla era mi capa de Superman. Me protegía de cualquier amenaza, y al mismo tiempo, me abría a otras posibilidades, a otros planos.
Lejos de ser comprendidas por el mundo, esas “otras realidades” me sostenían.
Porque, aunque albergamos todos los mundos dentro de nosotros, nunca estuve realmente preparada para aceptar que proyectamos nuestra interpretación de ellos como un canal único de experiencia.
Últimamente, mientras empiezo a ver con más claridad, hay una pregunta que resuena con fuerza dentro de mí:
¿Estoy creando mi vida desde lo que verdaderamente siento… o desde la presión externa que me arrastra hacia un diseño que no es el mío?
Esta pregunta no busca respuestas rápidas, sino presencia. Me invita a parar, a escuchar, a distinguir el pulso genuino de mi interior frente al eco de lo aprendido, lo esperado, lo impuesto. En este punto del camino, me doy cuenta de algo esencial: no necesito aprobación para mirar más allá. No necesito justificar mi sensibilidad, ni ponerle nombre a lo que solo puede sentirse.
He descubierto que no necesito permiso para confiar en lo que vibra dentro de mí, en eso que el corazón revela cuando el ruido exterior se detiene. Y eso apertura la sensación de estar en presencia con la responsabilidad de escoger la verdad de mi propio movimiento. Ahora estoy dispuesta a emprender por mi misma mi camino confiando y responsabilizándome de quien soy. Darme a mi misma una oportunidad de desplegarme en esta realidad que escogí experimentar desde quien verdaderamente soy.
Y al recordar esta parte de mí, algo se suelta.
Ya no me exijo la aprobación de nadie…
Ni siquiera de esa parte de mí que durante tanto tiempo buscó validación para poder moverse, ver o crear. Esa parte que aprendió a dudar, a contenerse, a esperar una señal externa para dar un paso. Hoy puedo mirarla con ternura, abrazarla, integrarla.
Desde ahí —desde esta reconciliación interior— me permito expandirme.
Me permito crear desde una amplitud mayor,
desde una nueva interpretación de mí misma,
una que abarca todos los tiempos y todos los mundos.
Vilassar de Mar, 8 de Noviembre de 2025
