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La rabia y lo indecible

Hace unos días he retomado la lectura de uno de los libros de Claudio Naranjo. El eneatipo 3 es, sin lugar a dudas, el que recoge los temas que recurrentemente me acompañan.
En formato drama o comedia, ciertas máscaras siguen presentes, reaccionando —con mayor o menor intensidad— ante los acontecimientos que la vida me presenta. Y aunque a veces siento haberlas superado, regresan.
Como si se tratara de una escena de Hitchcock, reaparecen inesperadamente: disfrazadas, camufladas entre lo cotidiano. Justo cuando creo que la historia ha llegado a su fin, la trama da un giro inesperado y me devuelve al mismo lugar… pero no soy exactamente la misma. Es en ese momento cuando se revela el bucle. Y cae la ficha.

Leo la palabra indecible y me entra un escalofrío. No sé ni lo que significa, nunca ha existido esa posibilidad.
Cualquier cosa que no fuera adecuada en tono o concepto con lo que se esperaba de mí —o de la situación— entraba, para mí, dentro de la categoría de lo indecible.
Indecible, como algo violento.

Dándole una vuelta más, miro la relación que ha tenido en mí lo indecible y la soberbia.
Hay una parte de mí que justificaba la incapacidad para expresar lo que realmente sentía, con la idea de que —como yo tenía más herramientas— podía ver o entender más allá del propio suceso que acontecía en ese momento.
La terapia Gestalt la empecé como una manera de autoconocimiento, una forma de enfocarme en mí de manera estructurada y sostenida en el tiempo.
Tener ciertos conocimientos sobre desde dónde puedes estar haciendo las cosas, el porqué y para qué, te abre todo un mundo de posibilidades… pero, al mismo tiempo, puede confundirte. Puede hacerte esconder tu propio proceso vital detrás de una falsa capacidad.

Esto, a veces, es lo que creo que me pasa:

como si me tapara detrás de la empatía o de ese saber necesario para crear entornos cómodos para expresarse… y me quedara atrapada en las formas de hacerlo.


Juzgándome.
Juzgando también a los demás por sus maneras, más o menos empáticas.
Tal vez, en mi caso, me produce cierta violencia el hecho de sentir que no se cuenta conmigo o que el proceso se está forzando sin tener en cuenta mi emocionalidad.
Si es eso… si no se tiene en cuenta mi emocionalidad y mis tempos, es señal de que no se me ve tal como soy.
¿Por qué debería esconderme por ser sensible?
Es como si hubiera algo en mí que siempre tuviera que estar disculpándose, ahogándose en su propio sentir.

Al hilo de lo que comentaba, esa falsa empatía, o la falsa sensación de que puedes comprender del todo por lo que está pasando el otro o por qué ocurre cierto suceso, hace que nos olvidemos —hace que yo me olvide— de mí.

Olvidarme de mí significa olvidar también que los cuerpos que me rodean necesitan atravesar su propio proceso.
Entender algo desde el intelecto no es lo mismo que dar permiso a mi emocionalidad para expresarse en libertad.
Permitirme la canalización, dejar que las olas de lo que acontece en el cuerpo se expresen —ya sea a través del llanto, la risa, la rabia o cualquier otra forma— me devuelve a mi humanidad.
Me recuerda que yo también soy mortal.
Parece que “la buena niña” también ha de marcharse de aquí.
Porque es entonces cuando decir tu verdad ya no tiene tapón, y sin pensar, el cuerpo acciona, la palabra fluye y lo que haga falta… como un volcán en erupción intentando que la lava suavemente recorra su cauce.

La rabia: fuerza vital mal entendida

Me he dado cuenta de que hubo un tiempo en que no di espacio a la rabia.
Probablemente la juzgué porque la asocié con la agresión.
Para mí, tenía una connotación violenta.

La rabia auténtica no es violencia. Es el fuego interno que marca límites, que protege, que grita: “esto no”.

He tenido la sensación de que esa línea siempre estuvo muy borrosa para mí, y por eso he preferido reprimirme… lo que a veces se ha convertido en autoagresión o en resentimiento.

La violencia es una rabia mal encauzada, reprimida, acumulada o usada para dominar.
La rabia genuina, en cambio, marca límites, protege la dignidad, abre caminos.
Y sin embargo, cuando me asomo a ella, es como si detrás del miedo que me provoca me hiciera pequeña, muy pequeña.
Hoy abro espacio a la rabia como esa emoción que dice “basta” cuando algo vulnera mi integridad, y también como la que impulsa cambios profundos cuando algo necesita transformarse.
Negarla no la hace desaparecer; simplemente se queda guardada en el cuerpo.

Me doy cuenta de que esta parte la he tenido negada. No me he permitido sentirla.
Como si, en algún momento, las discusiones se asociaran a peligro, y eso quedó grabado en mi cuerpo.
Ese malestar se instaló como una congelación, una señal incrustada que no pudo canalizarse como una manera de expresar mis límites, mis “noes”, como una forma de protegerme.

El cuerpo recuerda lo que el intelecto ha olvidado.

Cada grito, cada discusión.
Así que cuando aparece un atisbo de rabia en mí, el cuerpo interpreta peligro y activa el mismo mecanismo de entonces: congelarse.

Y sin embargo, sí se puede expresar la rabia sin violencia.
Atendiendo a la necesidad.
Esperando el momento.
Abro la posibilidad de sostener la emoción —aunque sea desbordante— para no proyectarla en el otro.
Escucharla.
Darle un espacio.
Canalizarla de forma que mis límites puedan ser expresados desde una comunicación no violenta, desde mi sentir… sin que nadie se sienta agredido.
Ni siquiera yo.

Porque lo violento puede suavizarse cuando encuentra un cauce:
la palabra consciente, el cuerpo en movimiento, la respiración que contiene sin juzgar.

Reconectarme con mi rabia no significa volverme “violenta”.
Significa volver a ser completa.

Vilassar de Mar, 13 de octubre de 2025

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