Close-up shot of a frozen bubble with warm reflections resting on a snowy surface at twilight.

¿Mejor malo conocido que bueno por conocer?

Hay días en los que el cuerpo se despierta incómodo, sin razón aparente.
Días en los que algo dentro no encaja y una incomodidad física aparece, como si el alma no terminara de encontrarse en su lugar. Esta mañana fue uno de esos días.

Me desperté con esa sensación de vacío que, últimamente, se ha vuelto una compañera constante.
No dramática, pero sí presente. Silenciosa. Insistente.

Hace poco tuve una conversación con @nur.alquimiafemenina que dejó resonando en mí una frase que me retumba hoy y que quiero compartir:

“El vacío no tiene que ser un vacío fértil.”

Y algo en mí se alivió al escucharla. Como si, de pronto, se hiciera espacio para reconocer que hay vacíos que no están esperando florecer, que no son tránsito hacia nada, que no prometen transformación ni creatividad.
Vacíos que simplemente son. Vacíos que no se mueven.

Esa idea me llevó, inevitablemente, a tocar con más profundidad la incomodidad que ya venía sintiendo. Me pregunté si sería posible permitirme habitar un vacío así, sin más.
¿Un vacío estéril? ¿Sería eso lo opuesto al tan nombrado “vacío fértil”?
Me quedé ahí, observando. Respirando en esa posibilidad.

Lo cierto es que, muchas veces, desde lo espiritual, lo terapéutico o incluso lo cotidiano, se nos invita a ver el vacío como un terreno fecundo.
Como un espacio de transición, de transformación, de algo que va a llegar.

Y aunque a veces eso ocurre, hay otras veces en las que el vacío simplemente no quiere ser útil.
Siento como una ligera presión en mí… y se disuelve. No está aquí para inspirar.
Solo está.

Cuando solté la expectativa de que este vacío me llevara a algún lugar, apareció una verdad más desnuda:
la de estar conmigo misma, sin adornos, sin relatos, sin consuelo.
Solo yo, aquí, en lo que hay.
En lo que no hay

El vacío entre el resistir y el insistir

A colación de esta sensación de vacío, y leyendo un libro de los publicados por @almaenrelacion —en el que se habla de la persistencia y de la relación entre la resistencia y la insistencia como dos polaridades de una misma cualidad— me observo viéndolas en mí, delicadamente, en todas sus posibilidades.

Me llama la atención las asociaciones que hacemos con las palabras y sus significados, y cómo las interpretaciones dejan huella en nuestras acciones cotidianas.

Entre el resistir y el insistir, y el espacio entre ellos —que ahora puedo ver como un mismo hilo que lo contiene todo— me doy el permiso de observarme desde otro punto.

Resistir, como ese intento de parar o evitar algo que no quieres ver, o con lo que no estás de acuerdo, al menos en un primer momento.
Poner resistencia a algún cambio de planes.
Oponerse a la realidad porque no se parece a la idealización que una tenía.
Resistirse a los cambios de planes que la vida misma va ofreciendo.

¿Qué hay detrás del resistirse? ¿Para qué hacerlo? ¿Te estás protegiendo de algo? ¿Quién es el que se resiste?

Resistirse a un cambio porque soltar da miedo ante una expectativa que no conoces.
Porque soltar la idea que tú tenías del presente te asusta.
Porque te lleva a un campo inexplorado de ti, a un vacío, al que solo llegas quedándote en el presente… sin más.

Mi vacío: un pozo en el que la vulnerabilidad y la fragilidad emergen a borbotones, sin contención.

Hoy recuerdo dichos familiares como:

“Más vale pájaro en mano que cien volando.”
“Más vale malo conocido que bueno por conocer.”

¿Es posible que estos refranes hayan calado tan hondo a nivel inconsciente y nos influyan tanto en la manera de vivir?
¿Cómo palabras aparentemente simples, que nos decían de niñas, han podido moldear nuestras respuestas?

Cómo, sin darnos cuenta, nos llevaron una y otra vez fuera de nosotras mismas.

Quizá fueron respuestas adaptativas en momentos donde el cambio implicaba un riesgo real.
Pero el problema aparece cuando siguen operando como verdades absolutas en nuestras decisiones actuales, sin revisar si aún tienen sentido para quienes somos hoy.

Hoy siento que estoy en este vacío.

Veo los árboles y escucho el movimiento de sus hojas al moverse con el viento.
¿Acaso un árbol espera otra función que no sea ser un árbol?
¿Acaso se siente insuficiente por ser lo que es?

A veces he tenido la sensación de no ser suficiente.
Como si el existir, en sí mismo, no tuviera valor, y dependiera de los movimientos que hiciera, con quién estuviera o del reconocimiento que recibiera al hacerlo.

Y sin saberlo, en cada una de esas miradas, dirijo mi energía hacia fuera.

¿Y si me quedo aquí, en el ahora, y toda esa energía, en lugar de proyectarla fuera, me la quedo como si fuera mi divino tesoro?

Ante esta reflexión, me pregunto:
¿Qué se me mueve a mí? ¿Eso será suficiente?

Cómo discernir el devenir de la vida sintiendo que estás en tu centro.
Sintiendo la serenidad desde donde te mueves y te acomodas para relacionarte.
Cómo habitar ese modo que hemos creado para tener siempre claro el camino de regreso a ti,

a casa, donde reposar y sentir que:
“yo soy suficiente.”

Desde la otra polaridad está la insistencia, desde donde tanto podemos controlar como empujar.

Denota la falta de confianza que a veces tenemos en nosotras mismas cuando creemos necesario perseguir, insistir, como si ese fuera el camino para conseguir el objetivo. Como si ese fuera el modo de lograr algo:

  • La ilusión de que el otro me entienda.
  • La ilusión de que me vea.
  • La necesidad de tener que enseñar algo… ¿a quién?
  • La ilusión de buscar fuera.
  • La de poner las expectativas fuera, para llenar un vacío que hay dentro.

¿Para qué insistir?

Cuando te priorizas, y te permites atender esas partes de ti que necesitan ser escuchadas, algo se transforma.
Cuando dejas que la tempestad te aquiete —como después de la tormenta, cuando las aguas se calman— te das cuenta de que aquello que estabas persiguiendo no era más que un reflejo tuyo.

Una oportunidad para verte. Y comprenderte.

Cuando te permites observar qué es lo que te lleva a moverte.
Cuando te permites mirar desde dónde haces lo que haces,
la mirada se vuelve hacia ti.
Y el exterior se calma.
Por fin.

Vilassar de Mar, 10 de enero de 2026

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