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“Ojos que no ven, corazón que no siente”… ¿o alma que se desconecta?

Este refrán lo he escuchado toda la vida.
Y durante mucho tiempo, lo repetí como si fuera una verdad incuestionable:
si no lo veo, no me afecta.
Si no lo nombro, no existe.
Si lo evito, no duele.

Pero ahora me doy cuenta de que esa aparente calma es, en realidad, una forma de desconexión emocional.
Una estrategia aprendida para no sentir.
Una vía rápida hacia la superficie, donde no duele, pero tampoco se vive del todo.

Y esto se me ha hecho evidente al observar algo en mí:
he juzgado la sociabilidad de una persona.
La asocié con lo superficial, con lo hueco, con lo que se dice para encajar, no para conectar.
Me di cuenta de que, en mi mente, la sociabilidad estaba separada de la profundidad.
Era un lugar seguro desde donde hablar sin mojarse, sin tocar la verdad, sin atravesar el espejo.

La socialización y el juego de las apariencias

Durante mucho tiempo pensé que la socialización nos empuja a mantenernos en lo bonito, lo fantástico, lo maravilloso.
A evitar lo incómodo, lo que nos hace mirarnos por dentro, lo que sacude las estructuras y nos vuelve más humanos.

Y desde ahí, me pregunté:
¿Cómo es posible que hayamos llegado al punto en el que decir nuestra verdad resulta molesto?
¿Por qué incomoda tanto?
¿A quién incomoda realmente?

Tal vez incomoda porque decir la verdad nos obliga a sentir.
Y sentir nos lleva a tocar lugares en nosotros mismos que hemos aprendido a evitar.
Porque mirar hacia adentro remueve, agita, nos enfrenta a lo que no controlamos…
Pero también nos devuelve la dignidad de lo real.

Creemos que evitar el contacto nos protege…

…pero en realidad nos vacía.

Nos hemos creído que evitando el contacto evitamos el dolor.
Que si no lo miramos, pasará de largo.
Pero lo que no se mira, se enquista.
Y lo que se evita, se proyecta.

Así, vamos surfeando la superficie de la vida, creyendo que todo está bien, mientras por dentro crece una sensación sutil —o no tan sutil— de vacío.
Y a mayor evitación del contacto, mayor desconexión.
Con nosotros, con los otros, con lo que es verdadero.

Porque el dolor que no miramos, no desaparece.
Solo se transforma en distancia.
Y esa distancia rompe los hilos invisibles que nos unen.

Mirar no es cómodo, pero es liberador

Mirar, sentir, implicarse… sí, incomoda.
Pero también es lo que nos vuelve íntegros.
Cuando me permito ver, también me doy permiso para sentir.
Y cuando siento, puedo responsabilizarme.
Entonces dejo de vivir en piloto automático y empiezo a habitar mi vida con autenticidad.

Ya no quiero vivir con los ojos cerrados.
Prefiero ver, aunque duela.
Porque prefiero una verdad incómoda a una calma vacía.

“Ojos que no ven, corazón que no siente”…
Pero tal vez el corazón sí siente,
solo que en silencio.
Solo que lo hemos acostumbrado a no decir nada.

La socialización como espejo y molde

Cuando somos pequeñas, nos “socializan” para sobrevivir.
Nos enseñan qué se espera de nosotras, qué se puede mostrar y qué no.
Aprendemos a silenciar lo intenso, a suavizar lo espontáneo, a corregir lo verdadero.

  • Si mostrar emociones intensas traía rechazo, aprendimos a contener.
  • Si nuestras ideas eran ridiculizadas, aprendimos a dudar.
  • Si ser “buena” era sinónimo de ser callada, aprendimos a desaparecer.

La socialización no solo moldea nuestras palabras.
También deja huella en cómo nos sentimos al expresarnos.
¿Me da culpa decir lo que siento?
¿Siento miedo al ser vista?
¿Me avergüenzo de mi intensidad?

En mi caso, había mucha vergüenza.

Vergüenza de decir mi verdad,
vergüenza de incomodar,
vergüenza de sentir demasiado.

Pero hoy reconozco que esa vergüenza no era mía.
Era aprendida.
Era heredada.
Era una forma de protegerme en un mundo que muchas veces no sabe sostener la verdad.

Y ahora, poco a poco, la voy soltando.
Porque mi verdad no molesta.
Mi verdad no es demasiado.
Mi verdad es el puente hacia lo auténtico.


Vilassar de Mar, 30 de septiembre de 2025

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