Woman with red hair in a white dress expressing freedom in a vibrant summer field.

Preparados, listos… soltar

Hoy tengo la necesidad, o el impulso —o quizá ambas cosas— de escribir acerca de dos temas que intuyo profundamente conectados, aunque todavía no vea con claridad el hilo conductor que los une al inicio de esta reflexión.

Uno de ellos es el movimiento de la energía masculina que hay a mi alrededor: mi hermano, mi jefe, los colaboradores…

Me doy cuenta de que observar lo que sucede fuera de mí me ayuda a tomar conciencia de mi propio movimiento interno. Si mi exterior puede ser un reflejo, algo en mí empieza a ver con más nitidez.

Percibo cómo cada uno de ellos, a su manera más brusca o sutil, está diciendo un “basta” a formas antiguas de funcionar y, aunque también puedo ver la resistencia a este paso, la acojo y le abro un espacio para ser vista y expresada como ritual de transición hacia una manera de movernos que nos lleva a despedirnos de lo que fue.

Y yo, como observadora, me descubro mirando ese movimiento sin tomarlo como algo personal. Lo veo casi con fascinación. Lo honro. Y, en lo más profundo, siento que algo también se libera en mí.

Es un nudo muy nuclear, quizá uno de los más antiguos, de estar sosteniendo algo por miedo a que, si se rompía, fuera tan irreparable que me expulsara del sistema. Y una vez fuera… ¿qué sería yo sin eso?

Hay sensaciones físicas que acompañan este movimiento: un dolor en la zona raíz de mi columna, donde albergamos todo aquello que tiene que ver con la seguridad y las bases de pertenencia a esta vida.

Y, a la vez, siento alegría por tener la oportunidad de reconocer el movimiento que me lleva a liberar una capa más profunda, acercándome a mi yo más verdadero o quizá más esencial.

Se destensa una forma de accionarme en la vida que estaba sostenida desde el miedo… desde ese lugar donde parecía que, si algo se rompía, sería demasiado, irreparable.

Y, sin embargo, ahora aparece un espacio nuevo. Un espacio donde también me doy permiso para «hacerlo volar todo por los aires«, no desde la reacción, sino como una forma de honrar la realidad que estoy viviendo , como un acto de coherencia más que de ruptura.

Es un “basta” a la sumisión de seguir en las mismas cadenas. A continuar bajo un mismo yugo, ya sea por inercia, por pereza o por la creencia de que será mi responsabilidad volver a sostenerlo y repararlo  todo después.

“Deja que las cosas se rompan"

Esta frase me viene una y otra vez… y la siento en el cuerpo.

Porque ya no se trata de sostener una posición que no me representa. Mi energía ha cambiado. Y con ello, también el lugar desde donde quiero seguir accionando mi vida.

Es una capa muy profunda de tomar conciencia. De empezar a colocar nuevas bases: coherencia, responsabilidad, respeto, dignidad. Y desde ahí, construir una forma más verdadera de estar en el mundo.

La segunda cosa de la que quiero hablar es que, en este proceso, me doy cuenta también de algo importante: estoy dejando de sostener lo que no es mío.

Me observo en situaciones donde antes habría cargado, respondido o acompañado desde un lugar automático… y ahora, por primera vez, aparece una claridad serena:

“Esto no es mío… next step, por favor”

Lo veo con mi hermano, cuando vuelve a lamentarse de ciertos aspectos de su vida. Lo veo con colaboradores que me piden que les indique cómo actuar, intentando traspasarme una responsabilidad que no es mía. Y también lo veo en aquellos que sienten como lejanía el hecho de cuidar mi energía. Y, sin embargo, algo en mí ya no se mueve desde ahí.

La diferencia está en que esta experiencia la estoy llevando a cabo desde el movimiento corporal. Más allá de la mente, tiene una consistencia innegociable, casi como si el cuerpo ya no pudiera sostener lo que antes sí.

Incluso en relaciones jerárquicas donde antes me habría adaptado, ahora percibo un cambio de posición en mí y también en ellas, como si algo en el sistema se reordenara al cambiar yo y que puedo percibir desde el modo observador, neutro, en el que estoy.

Y aunque a veces aparece cierto desasosiego al materializar estos límites, también hay una sensación muy clara de realidad… de espacio… de algo que, dentro de mí, se afloja.

Y es entonces cuando comprendo que esta sensación de desubicación forma parte del proceso. Un proceso que deja peso atrás y permite abrir espacio dentro de mí y que estoy aprendiendo a habitarlo desde mi presencia y atención plena en mi.

Estoy dejando atrás referencias conocidas. Formas antiguas de accionar mi energía. Y me encuentro en ese espacio intermedio… entre cómo me accionaba y cómo me muevo ahora, sin opción a volver atrás. Aunque a veces la mente lo intente, lo de volver atrás ya siento que no es una opción puesto que a la que reculo se genera mas ruido y fricción en mi interior que hace que no quede opción mas de seguir avanzando.

Y en medio de todo esto, aparece una idea que me atraviesa:

“Más vale pájaro en mano que cien volando.”
Un refrán que en mi casa era muy típico, especialmente entre las mujeres del sistema tal vez como una forma de proteger la estabilidad, aunque implicara limitarse. Le doy un lugar a ese espacio desde el entendimiento en que las circunstancias sociales fueron muy diferentes y en muchas ocasiones tuvieron que sobrevivir y vivir en modo de supervivencia.

Me doy cuenta de hasta qué punto he vivido bajo esta filosofía silenciosa. Una forma de vida basada en la prudencia, en la conservación… en asegurar antes que arriesgar.

Quizá, sin saberlo, elegí muchas veces ese “pájaro en mano”: la seguridad de lo conocido, de una mirada concreta, aunque no siempre estuviera… antes que el vértigo de abrirme del todo y descubrir si aún así seguiría siendo amada.

Y, sin embargo, hoy el agua también me muestra otra cosa.

El agua no puede sostenerse en la mano sin perderse. No se deja atrapar. No entiende de control ni de certezas. El agua se entrega… o se escapa.

Se siente cuando te sumerges en ella, no cuando intentas retenerla.

Y cómo me gusta sumergirme en ella…

Quizá vivir se parece más a eso. A soltar el pájaro. A dejar de apretar. A confiar en que no todo lo valioso necesita ser asegurado para ser real.

Mientras nado, algo en mí recuerda.

Que puedo sostenerme sin depender de esa mirada.
Que hay una forma de existir que no necesita permiso.

Y entonces, por momentos… dejo de recogerme.

Y vuelvo a expandirme.

Vilassar de mar, 21 de marzo de 2026

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