En Japón, las luciérnagas —hotaru— simbolizan almas y emociones que siguen vivas en la noche, y su danza no habla de búsqueda ni de huida, sino de un encuentro que nace cuando cada una se permite brillar. Quizá, como ellas, nunca se trató de perseguir ni de esconderse, sino de aprender a permanecer encendida.
Y al mirarme con honestidad, reconozco que esta danza también ha sido el reflejo de mis propias heridas: la de abandono y la de rechazo, moviéndome entre el impulso de controlar para no perder y el de huir para no sentir; entre aprender a valorarme y priorizarme, y sostenerme en los momentos de conflicto sin desaparecer; entre tolerar la incertidumbre sin buscar certezas inmediatas y abrirme a la intimidad sin cerrarme por miedo; entre confiar sin garantías y comprometerme aun cuando el miedo aparece.
Hoy empiezo a comprender que no se trata de corregir estos movimientos, sino de integrarlos sin dejar de elegirme, aprendiendo a no perseguir cuando siento distancia y a no desaparecer cuando siento presión, sino a permanecer.
Siento la necesidad profunda de interpretar, desde este punto de vista, el recorrido que en mí misma se mueve y que encuentra su forma de materializarse a través de estas palabras. Veo un reel en Instagram —no es la primera vez— y me llama la atención, de nuevo, la evidencia tan clara de la sutileza de la vida hablándome del aprender a regularnos. La vida en su certeza, proponiéndonos la experiencia que necesita nuestra alma para volver al origen; las experiencias que creamos con el fin de liberarnos y trascender todos los patrones arraigados, absorbidos e impuestos por los diferentes sistemas a los que pertenecemos y hemos transitado.
Patrones de nuestros ancestros, sometimientos impuestos por las sociedades a lo largo de la historia, e incluso más allá… y también aquellas imposiciones que nosotros mismos nos autoimponemos, doblegándonos por la sencilla creencia de querer pertenecer a este mundo.
En mi caso siempre fue así: me doblegué y me perdí hasta desdibujarme de quien soy realmente, por miedo a no ser vista, a no ser escogida, a no ser amada, como si eso dependiera de alguien que no fuera yo misma. Ahí está la parte nuclear del movimiento: encontrar la manera de despertar para sentir que el único camino es el de vuelta hacia ti mismo. No hay nada ni nadie ahí fuera que pueda hacer el camino por ti.
En este vaivén de sensaciones que hoy habitan y se amontonan en mí, siento el impulso de esclarecer la danza de los amados; una danza muy particular, puesto que es la que he vivido y vive en mí.
Ahora, desde el amor esclarecido que ya habita en mí, es mi momento de desgranar cómo he sentido el amor, más allá de lo evidente, más allá incluso de lo que la mente puede comprender.
La sociedad actual, en su afán de etiquetarlo todo, habla de esta danza como un apego ansioso y un apego evitativo. Y ahora veo que, más allá de reconocerlo en las relaciones con otros, esta danza habita en mí y, por ende, puedo verla en los demás. Este encaje de piezas es fundamental, porque ahí ocurre el clic: la energía masculina y femenina que habita en mí comienza a reconocerse y, en una profundidad mayor, se une en la simplicidad de lo que siempre estuvo, de lo que nunca dejó de estar.
Y ahora me reconcilio al desvelar este reconocimiento en mí.
Qué bonita sensación la de las energías dentro de mí amándose, escuchándose y dándose el permiso de existir, reconociéndose en su máximo esplendor y también en las penurias del camino árido del despertar: cuando te sientes perdido, sin luz y sin propósito… hasta que enciendes la luz y comprendes que la energía siempre estuvo ahí, esperando ser vista.
¿Cómo pudimos hacerlo tan complejo, cuando en realidad es tan simple, tan básico y tan esencial?
Cuando nos damos cuenta de este escalón fundamental en nosotros, se abre un espacio más amplio, más liviano y verdadero dentro de nuestro ser; un espacio que nos une y nos acerca a la naturaleza y a todo el reino viviente del planeta.
Hoy me doy cuenta, de una forma más profunda y más certera que antes, de que el apego ansioso y el apego evitativo no son dos realidades separadas, sino dos caras de una misma moneda, y que esa moneda no está fuera, no pertenece a los otros ni a las relaciones en sí mismas, sino que habita en mí, en la manera en la que me he vinculado yo conmigo misma, en la forma en la que he aprendido a acercarme y a alejarme, a buscar y a protegerme, casi sin darme cuenta.
Y al verlo así, también puedo reconocer con más claridad el recorrido que he hecho, un camino muchas veces invisible, en el que he ido aprendiendo a regularme, no solo en lo evidente, sino en esos movimientos internos más sutiles que antes pasaban desapercibidos, como ese impulso de ir hacia fuera, de forzar, de intentar sostener o asegurar algo que en el fondo sentía frágil, y al mismo tiempo ese otro movimiento opuesto en el que me retraía, en el que huía o me cerraba cuando alguien se acercaba demasiado, cuando la cercanía empezaba a tocar lugares en mí que no sabía cómo sostener.
Porque ahora puedo verlo con más honestidad: no era solo miedo a la cercanía, era miedo a ser vista, miedo a que alguien pudiera ver quién soy realmente y que, al hacerlo, decidiera no quedarse, decidiera no quererme, como si en el fondo aún existiera esa creencia silenciosa de que ser yo misma podía poner en riesgo el amor.
Y es ahí donde algo se ordena dentro de mí, porque entiendo que no son dos formas distintas de relacionarme, sino dos estrategias que nacen del mismo lugar, dos maneras de protegerme de una misma herida, de un mismo temor profundo: el de no ser amada siendo quien soy.
Durante tanto tiempo estuve tan perdida y desdibujada de lo que realmente quería y sentía que no podía reconocer lo que había en mí, como si no tuviera acceso a mi propia verdad, y sostuve tanto tiempo ese estado que olvidé cómo regresar, hasta que algo en mí dejó de mirar hacia fuera para empezar, por fin, a sostenerse desde dentro.
En este proceso, en esta danza que hoy he descubierto en mí, de nuevo me doy cuenta de que la mirada cambia, y la pregunta también cambia, porque ya no se trata de cómo dejar de ser ansiosa o cómo dejar de ser evitativa, sino de algo mucho más íntimo, más honesto y más desafiante a la vez: cómo puedo sostenerme a mí misma cuando alguien realmente se acerca, cuando alguien realmente me ve, cuando ya no hay espacio para esconderme ni para forzar, sino solo para estar.
Y en ese darme cuenta, siento también que he transitado ambos espacios, que he habitado tanto el impulso de buscar como el de huir, tanto la necesidad de asegurar como la urgencia de protegerme, y que precisamente por haber pasado por esos dos estados ahora empiezo a intuir un lugar distinto, un espacio más amplio, más silencioso, en el que ya no necesito moverme desde el automatismo, sino que puedo empezar a quedarme, a sostener lo que siento sin tener que reaccionar inmediatamente.
Un lugar todavía nuevo, a veces inestable, pero profundamente verdadero, en el que comienzo a comprender que regularme no tiene tanto que ver con controlar lo que hago hacia fuera, sino con aprender a permanecer conmigo dentro, con no abandonarme cuando aparecen el miedo, la exposición o la vulnerabilidad, con no reducirme ni esconderme para poder ser aceptada.
Hoy habito en un espacio interior, albergando una distensión que permite un movimiento más ligero y confiado, una nueva estructura desde la fluidez y el movimiento. ¿Y si las estructuras no fueran rigidez, sino sostén vivo en movimiento? Hoy nace en mí una estructura desde la danza entre lo incierto y la certeza, entre la visibilidad y la confianza, entre lo sutil y lo verdadero.
Y quizás, en el fondo, de eso trata esta danza: no de elegir entre una forma u otra, no de corregirme ni de encajar en un modelo, sino de reconocer la totalidad de lo que hay en mí, de poder sostener esa moneda completa sin rechazar ninguna de sus caras, y de permitirme, poco a poco, dejar de luchar contra lo que soy para empezar, simplemente, a habitarlo.
Sin más.
Vilassar de Mar, 5 de Abril de 2026
