Hoy siento una energía expansiva, viva, casi celebratoria. Estoy en la playa, escuchando música, y mi cuerpo no puede dejar de moverse… pero no desde la agitación, sino desde la sutileza, desde una expresión orgánica, como si cada célula se hubiera puesto de acuerdo para decir: ahora sí, este es el momento.
Es un desborde distinto al que conocía. Y aquí aparece algo interesante: la palabra desbordamiento siempre la había asociado a un exceso emocional, a algo que se sale de control, que incomoda, que incluso es mejor vivir en la intimidad, lejos de la mirada externa. Algo que, de alguna manera, había que contener o gestionar.
Por eso, al nombrarlo ahora, aparece una ligera confusión. La palabra es la misma… pero la experiencia no lo es.
Antes, el desbordamiento se parecía a un río que se sale de su cauce: una energía que supera la capacidad de sostenerla, que arrastra, que desordena, que deja después una sensación de vacío o agotamiento. Había intensidad, sí, pero sin dirección clara.
Ahora es diferente. Ahora no hay pérdida de centro. Hay mucha energía, pero también hay espacio interno para sostenerla. No hay urgencia, aunque haya impulso. No hay descontrol, aunque haya movimiento.
Es como si el cauce se hubiera ampliado.
La energía ya no me sobrepasa; me atraviesa.
Y eso cambia completamente la experiencia.
Ya no siento que gasto energía para luego recuperarla; es más bien como si fluyera a través de mí sin desgaste. Hay una disponibilidad total, una alegría de crear, de vivir, de sentir todo a la vez… y, al mismo tiempo, la capacidad de pausar, respirar y dejar que emerja lo que aún no tiene forma.
Quizá se parece más a un manantial que brota con fuerza constante: no invade, pero no se detiene. No arrasa, pero transforma. No necesita control, porque ya tiene una dirección propia.
Siento un agradecimiento profundo, una forma de honrar la vida en todas sus expresiones. Hay algo muy presente en la sensación de libertad, como encontrar esa “rendija” de la que hablaba Javier Wolcoff: un espacio donde ya no juego contra el ritmo de la vida, sino que me muevo con él. Donde la neutralidad y la intensidad no se contradicen, sino que conviven.
Percibo una sensibilidad nueva, más afinada. En las conversaciones, en la música, en las situaciones… es como si pudiera sentir desde dónde nace cada movimiento. Como si hubiera accedido a una capa más profunda de percepción, donde lo sensorial se amplía y me permite conocer lo que me rodea de una forma más directa, más intuitiva, más viva.
Y aquí aparece una imagen clara: la del caracol cuando sale de su caparazón, extendiendo sus antenas con delicadeza para explorar el entorno. No se lanza sin más; primero percibe, detecta, siente las vibraciones, la humedad, la química del ambiente. Sus tentáculos son una forma de inteligencia sensible: avanzan, prueban, se ajustan. Si algo no encaja, se retraen; si todo está en armonía, continúan.
Así se siente ahora mi experiencia: como si mis propias “antenas” estuvieran activas, explorando la vida desde una percepción más sutil. No hay prisa, pero hay movimiento. No hay miedo, pero sí una escucha fina.
No es el desbordamiento de antes, el que arrasaba o descolocaba.
Es un desbordamiento que sabe sostenerse mientras sucede.
Y en ese diálogo con la vida, todo se vuelve más ligero, más coherente, más vivo.
Es profundamente divertido.
Y, sobre todo, profundamente verdadero.
Vilassar de Mar, 19 de Abril de 2026
