Más allá de las palabras es a donde la situación te transporta. Como sumergidos en un agujero en el tiempo, las palabras resuenan más allá de los oídos… y te das cuenta de cómo una situación inesperada en tu día puede teletransportarte a algo muy profundo, como si el simple hecho de pronunciarlas ya sanara la herida que se reabrió sin querer.
—¿Alguna vez podrás perdonarme?
Vivir, de nuevo, la posibilidad de sanar esa experiencia que quedó atrapada, ese pedacito de ti que quedó congelado y fragmentado en algún lugar es permitir que algo en ti vuelva a recolocarse. Y es ahí cuando te das cuenta, en este instante, de cómo la magia de la vida te ofrece la oportunidad de conectar los puntos, abrazar la situación y transformarla en algo diferente, en una experiencia que ahora se siente con más espacio y libertad.
Y abrazados en una profundidad más allá de esa realidad, entre dimensiones, algo de mí se coloca de manera diferente. Algo de mí comprende que tal vez eran las paces con lo que fue y, en ese reconocimiento, respiro profundamente.
Entiendo que, para dar paso a aquello que ha de venir —y que solo ocurre cuando tiene espacio—, necesitamos despedir a aquellas versiones antiguas, aquellas que fueron o, para mí, más bien dejar ir a aquellas que se posicionaron con más fuerza, porque lo que hacemos es integrarlas en comprensión.
Y aquellas que se quedaron ancladas, aquellas que nos llevaron a permanecer como Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, son las que más cuesta atenuar para transmutarse en algo más sutil y que nos permita acoger nuevas formas de andar por la vida.
En mi caso, la parte masculina siempre fue la que tomó las riendas. Sin saberlo, durante muchos años anduvo sofocada en modo supervivencia, sin reconocer que tal vez el lugar al que ir siempre estuvo en el camino de regreso a mí misma, y progresivamente, en esa distensión de mí, encontré una salida.
Una salida de este juego, de este tablero, de la rueda de hámster que nos aletarga sin saberlo; la cadena que nos ata a las obligaciones, al tiempo, al dinero y a toda la capa superficial de la sociedad que nos anula y nos aleja de nosotros mismos y de nuestras certezas.
—¿Algún día me podrás perdonar?
Sí, está todo bien. Sé que no lo hiciste con mala intención y eso es suficiente para mí.—
La vida y sus resonancias tienen esas cosas: cuando se da el momento para sanar una historia… zas… irrumpe sin avisar, sin que lo esperes, y la pieza que te ayuda a llevarlo a cabo surge… sin más… representando eso que quedó abierto y que encuentra su espacio cuando llega el momento de sanar. Y todo eso ocurre de manera natural, atendiendo a la realidad de lo que sucede en ese instante, poniendo atención en el ahora de tu cuerpo, de tus emociones, de tus reacciones, eligiendo no resistirte y sí permitir que ocurra, dando espacio a que emerja aquello que es tiempo de ser visto y acompañándolo con mucho amor y respeto en su liberación… y con eso nosotros nos aflojamos un poquito más, un trocito más de paz se acomoda de camino a casa.
Hoy es un día de reconciliación conmigo misma, con los reflejos que estuvieron y están en mi vida de esa energía más masculina que habita en mí: la que inicia, la que se mueve, la que marca el rumbo. Y hoy, desde la conciencia que albergo en este momento, escojo hacerlo de una manera nueva:la que marca escuchando, la que direcciona sin miedo, la que anda sintiendo el ritmo interno, integrando la fuerza de decidir con la capacidad de sentir, dejando atrás el control para dar paso a una dirección clara que nace de mí, una energía que no impone ni se defiende, sino que sostiene, pone límites con calma y avanza con certeza, alineada con lo que soy y no con lo que temo perder.

En sí mismo es muy simple si nos permitimos un sentir en donde nuestro corazón es quien lleva el timón y la mente, cerca, ávida de instrucciones, es solo una parte de la tripulación. Estoy aprendiendo a discernir desde dónde surge el movimiento, desde dónde inicio la acción, desde aquella que confía más de lo que controla, y es una de las piezas clave a través de la cual se da el movimiento transformador en mi día a día.
La que retira el foco de la estructura externa que creía necesaria para sostenerse, abriendo espacio a algo más grande que no se rige por la lógica habitual, donde dejo de necesitar que todo encaje para permitirme experimentar una realidad más amplia, en la que incluso lo evidente puede transformarse y donde 1 + 1 deja de ser solo dos.
En mi forma de moverme por la vida, mi experiencia externa es un reflejo de mi interior y, desde ahí, agradezco el momento que estoy viviendo porque siento que estoy en un umbral desde el que puedo cruzar un puente en el que solo a quien confía se le permite ver lo que le espera al otro lado.
¿Por qué la vida no querría ir a mi favor?
Escucho a los pájaros desde la terraza de mi casa y sí, a veces dudo y me abruma todo lo que está pasando. A veces pienso que son demasiadas cosas y siento en mi corazón que, si se están dando, es porque tengo la capacidad de sostenerlo.
Solo tengo palabras de agradecimiento por tener la capacidad de observar y comprender las pruebas que están pasando a mi alrededor y así poder responder de manera diferente, porque ya sabemos que, como decía Wayne Dyer, “cuando cambias la forma de ver las cosas, las cosas que ves cambian”.
Tal vez esa sensación de menos control en mi vida está siendo sustituida por una dirección interna clara. A veces la siento un tanto diluida y el automático me lleva hacia las herramientas antiguas desde las cuales ejercía ese control, y lo veo especialmente en el ámbito profesional. A veces dudo y le pongo demasiada mente, porque me gustaría tener más claridad en esa dirección interna que se está formando, especialmente ahora que las estructuras externas en las que antes me apoyaba para sentirme segura y orientada se están disolviendo.
Y entonces aparece, durante unos segundos, una pregunta que ya no me pertenece, como un eco de la que fui:
¿qué parte de mí estoy dejando de expresar con libertad?
Pero ya no soy esa que miraba desde la falta, y veo con claridad cómo cruzo el puente entre la versión que fui y la que me estoy invitando a habitar. Y desde ahí, la pregunta cambia…
¿me estoy permitiendo mostrarme tal y como soy, sin necesidad de contener, adaptar o dosificar lo que nace de mí?
Porque empiezo a reconocer que no se trata de que falte algo, sino de cómo me doy permiso para expresarlo.
Hoy veo con más claridad que la sensación de perder control no es un desorden, sino el inicio de una dirección interna propia que aún se está revelando y que, cuando se vuelve difusa, me invita a observar con más presencia desde dónde me estoy sosteniendo.
Y en ese espacio, algo se recoloca: ya no hay una búsqueda de ser elegida, sino una certeza interna que se expresa con naturalidad, y desde ahí el amor deja de percibirse como algo que viene de fuera y empieza a reconocerse como algo que se expande en todas sus formas.
Y es en este momento cuando comprendo que todas las formas de expresión del amor pueden ser vistas y acogidas.
Especialmente en el ámbito profesional, donde durante mucho tiempo he estado desplegándome bajo el paraguas de otros, utilizando estructuras externas que validaban, organizaban y daban forma a mi valor.
Ahora, al empezar a moverme desde mi propio paraguas, hacia una forma de sostenerme desde mí, aparece la duda, como si necesitara más claridad o más seguridad para confiar. Pero, al mismo tiempo, reconozco que esa estructura ya está en mí y se va revelando a medida que me doy espacio para sostenerla.
Este momento se intensifica porque lo externo se está moviendo: figuras importantes han elegido otro camino, y estos movimientos ya no hablan de falta, sino que abren un espacio para mostrarme con mayor verdad.
Empiezo a reconocer que hay algo valioso en mí que he estado dosificando, como si necesitara el contexto adecuado o la validación externa para activarlo. Y ahí es donde me doy cuenta de que mi valor no necesita condiciones para existir ni para expresarse.
No se trata de esperar a que alguien lo vea o lo confirme, sino de darme permiso para empezar a sostenerlo y encarnarlo yo, incluso en la incertidumbre.
Así, lo que parecía una pérdida de anclajes empieza a mostrarse como una reconfiguración, un paso de depender de estructuras externas a reconocer y confiar en la mía propia. No estoy perdiendo apoyo, estoy aprendiendo a ser mi propio sostén.
Entendiendo que no es que no tenga dirección, sino que estoy aprendiendo a sostenerla desde dentro, sin necesidad de controlarla todo el tiempo y sin esperar que alguien de fuera legitime lo que ya soy.
Y desde ahí me permito sentir un amor que no condiciona, que no mide, que no se retira… un amor que no necesita ser buscado, porque ya es el lugar desde el que vivo y me expreso en libertad, un amor que nace en mí, se expande y lo abraza todo.
Vilassar de Mar, 19 de Abril de 2026
