Serene lioness resting on a large rock, capturing the essence of wildlife safari.

Aprender a quedarme

Continúo estando con este sentir, el de no acabar de definir hacia dónde voy, y sé que este estado me provoca cierta ansiedad. Es algo diferente lo que ocurre ahora: ante la duda, me quedo ahí, sintiendo la confusión y el no movimiento, no como un espacio del que se debe salir, sino como un lugar nuevo en el que forma parte del proceso, de la integración de la realidad.

A veces la realidad no es alegre; hay momentos en los que atravesamos episodios que nos sumergen en una especie de letargo en el que no estamos tristes, pero tampoco alegres, un estado intermedio que fluctúa y que no siempre encaja con esa aparente jovialidad que la superficialidad de la sociedad parece exigir.

Estoy observando en mí este sentir, y se manifiesta casi como una huida de la realidad del otro y, por ende, también de la mía. Como si la vida solo pudiera continuar —o solo fuera válida— cuando la habitamos desde un estado apacible, tranquilo, incluso jovial, dejando fuera otras partes de nosotros que también existen.

Como si a esa personalidad más densa, la que a veces queda enredada en la confusión, no le diéramos permiso para estar, como si no tuviera lugar.

¿Qué partes de mí he aprendido a dejar fuera para poder encajar en esa idea de “estar bien”?

Me pregunto entonces por qué nos ocurre esto. Tal vez porque cuando alguien nos comparte lo que le pasa, asumimos una responsabilidad que no nos corresponde, o quizá porque, de manera inconsciente, juzgamos el estado del otro desde un lugar —el nuestro— en el que no nos permitimos habitar ese espacio de drama, de sufrimiento o de no entendimiento en nuestro interior, acelerando así nuestra necesidad de encajar en una trivialidad más llevadera… y menos real.

¿Hasta qué punto el juicio hacia el otro es un reflejo del permiso que no me doy a mí misma?

Y ahora siento que tal vez esto es una capa más de aprendizaje: permitir nuestra propia vulnerabilidad, deshaciendo poco a poco otro eslabón de esa exigencia interna que nos mantiene en tensión constante. Y en este mismo instante, al verlo, algo se afloja ligeramente en mi interior.

Permitirme estar con lo que me ocurre, incluso cuando ya no sé muy bien por qué me afecta, y al mismo tiempo aprender a mirarme con comprensión, con una suavidad que no busca resolver de inmediato, sino acompañar.

¿Y si no se tratara de entenderlo todo, sino de poder sostenerlo?

Agradezco que, a través de un diálogo reciente con mi hija, haya tenido la oportunidad de reconocer en ella un reflejo de mí misma, como si en ese espejo se hiciera visible algo que dentro aún estaba tomando forma.

Ese Neptuno en Aries se me presenta como una paradoja intensa: por un lado, la fuerza de Aries que empuja a accionar, a iniciar, a ir hacia adelante con determinación; y por otro, Neptuno que invita a soltar, a sentir, a disolver las formas antes de tomar cualquier dirección.

Y en medio de esa tensión me encuentro, con la sensación de querer hacerlo todo por momentos, como si la energía se expandiera en múltiples direcciones, para luego no acabar de encontrar un rumbo claro, como si algo en mí pidiera, antes que nada, detenerse y deshacerse un poco más.

Quizá no se trata todavía de avanzar, sino de terminar de disolver, de darme permiso para sentir sin juzgar, de quedarme en ese espacio donde la confusión no es un error, sino una antesala.

¿Y si la confusión no fuera un bloqueo, sino una fase necesaria de reorganización interna?

Permitirme observar lo que no entiendo, sin forzarlo a convertirse en claridad, confiando en que esa claridad no llega desde la mente que ordena, sino desde un lugar más profundo, más silencioso, como si el corazón tuviera su propio ritmo para revelar lo que todavía no puede ser nombrado.

La intuición aparece entonces no como una idea brillante, sino como una emoción que guía, como un sentir que, poco a poco, va mostrando el camino sin necesidad de explicarlo todo.
La intuición no siempre aclara, a veces simplemente orienta.

Y en ese lugar, la sensación es la de poder compartir mi realidad tal como es, sin juzgarla, sin medir en qué punto del proceso “debería” estar, soltando también ese discurso interno que a veces me recuerda todo lo que he hecho, lo que he invertido en comprender, en integrar, en aprender de los aciertos y desaciertos que la vida propone.

Porque tal vez no se trata de llegar a un lugar concreto después de todo ese recorrido, sino de reconocer que cada paso ha sido transitado desde lo que en cada momento he podido sostener, desde el nivel de conciencia disponible, desde una honestidad que, aunque imperfecta, siempre ha intentado ser lo más fiel posible a lo que soy.

¿Y si el camino no se mide por la claridad alcanzada, sino por la honestidad con la que lo he recorrido?

Y al permitir todo esto, sin exigirme una dirección inmediata, algo en mí empieza a confiar en que incluso este aparente no saber… también es parte del movimiento.

Cojo entre mis manos el libro de Nazareth Castellanos, El puente donde habitan las mariposas, que ayer compré después de regalarme ese baño de libros que tanto echaba de menos, y al hacerlo siento cómo se mezcla en mí una nostalgia suave con algo profundamente reconfortante, como si en ese gesto sencillo se activara la certeza íntima de que todo —y todos— tenemos un lugar al que pertenecer.

Los colores, la textura de la solapa, sus palabras… todo en él me llama, como un eco que no sabría explicar pero que reconozco, y casi sin darme cuenta me escucho decir que no me pude resistir, aunque al detenerme en esa frase algo dentro de mí se recoloca, y comprendo que

no fue tanto que no pudiera resistirme, sino que hubo un instante —quizá muy breve, casi imperceptible— en el que simplemente escuché… y permití.

Siento que resistirse no siempre es una elección consciente, sino más bien una forma de inercia, un gesto automático que se adelanta a la experiencia y que nos contrae frente a lo que aparece incluso antes de haberlo sentido del todo.

Y sin embargo, permitirse no tiene nada que ver con rendirse ni con dejarse arrastrar sin dirección, sino que se parece más a un acto de presencia, a una escucha que abre un pequeño espacio entre lo que surge y nuestra manera de responder, un espacio sutil pero lleno de posibilidad.

Este movimiento, que parece imperceptible —el permitirse o resistirse incluso al escoger un libro—, es casi invisible desde fuera, pero por dentro lo transforma todo. Y siento que este pequeño matiz es una gran abertura de luz en la puerta de mi conciencia,

porque mientras la resistencia nos sitúa en la reacción, como si la vida nos pasara por encima, el permitirnos nos devuelve, con una suavidad inesperada, a la posibilidad de elegir cómo queremos estar en lo que nos está ocurriendo.

Y es desde ahí, desde esta elección, desde donde siento que estoy empezando a moverme en la vida. Tal como también apunto en mi post https://www.sylvia-andreu.es/nuestra-danza-de-las-luciernagas/ , siento con mucha claridad este espacio desde el que estoy aprendiendo a habitarme.

Considero que este espacio —entre el resistirme y el permitirme— es en el que estoy, y desde el que estoy habitando mi vida, o al menos esa es mi intención, en una convivencia constante entre claridad e incerteza, que tal vez se acerca a ese “decidir queriendo” del que habla Nazareth, desde un lugar más cercano a quienes realmente somos.

Vilassar de Mar,  de Abril de 2026

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